Eva Perón: esa mujer, ese cuerpo


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“Esa mujer”, así denominaban despectivamente a Eva Perón la oligarquía y los militares que el 16 de junio de 1955, con el fin de derrocar el gobierno de Juan D. Perón, elegido democráticamente por el pueblo, bombardearon la Plaza de Mayo en la hora pico.

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POR MILLY CASCALLAR

Esa mujer, amada, adorada, venerada, sacralizada o denigrada, vilipendiada y calumniada hasta el hartazgo, fue nombrada “la Mujer del Bicentenario” en el marco de las celebraciones que el 25 de mayo se llevaron a cabo en Argentina. Han pasado 200 años de la ruptura colonial.

Un homenaje acertado hacia Eva Perón, quien ha sido, incluso desde antes de su muerte, una leyenda. Luego, un mito que se acrecentó día a día. Para muchos era un puta, y según otros muchos fue una santa. Constituye un ícono de tal dimensión que, tras su muerte, su cuerpo fue una bandera y un símbolo que sus enemigos intentaron hacer desaparecer, robándolo y ocultándolo con el afán de borrarla de la memoria de su pueblo. Vana empresa, porque los pueblos pueden reescribir su historia; «queremos matar el mito», dijeron-. ¡Matar el mito! Pero, señores, el mito no es un cuerpo o un objeto. En una de sus acepciones, el mito es una cualidad del saber, del pensar y del reaccionar, que se caracteriza por ser imaginativo y acusadamente emocional, además de que posee una connotación religiosa y una expresión poética. El mito es ante todo una imagen plástica, una narración de hechos concretos que no se expresa en abstracciones ni posee una lógica causal, pero hasta la mentalidad más primitiva o infantil se ayuda siempre de la razón; así también como las más abstractas meditaciones científicas y filosóficas se acompañan en mayor o menor medida de imágenes subjetivas.

Por ello, para matar al mito los militares tendrían que matar a los desheredados de la patria, a los humildes, a los obreros, a los campesinos y a la clase trabajadora en general. A millones. Por supuesto que sabemos que mito, en el sentido más elemental, significa fábula o relato de ficción y por extensión mentira. Tyler, en su libro Cultura primitiva, supone que el saber mítico no difiere del saber intelectual, puesto que se vale del mismo orden lógico para enlazar sus contenidos; y el francés Doutté considera al mito como la expresión de un deseo colectivo. Es así que para millones, Evita era la viva representación de una santa, y para otros una furcia. Esto analizado en aquel contexto histórico, aunque por inercia algunos sostienen la misma visión. Obviando que un análisis fuera del contexto social imperante es, cuanto menos, parcial o incompleto. Porque en esa época la libertad en el amor era una prerrogativa de las élites sociales, las intelectuales, artistas plásticas, escritoras. Nadie se atrevería a juzgar a Victoria Ocampo o Silvina Bulrrich, por ejemplo. Para entonces, ellas eran la representación de un feminismo doblemente legal: eran intelectuales y pertenecientes a lo más granado de la clase alta porteña; a una casa donde -en el caso de Victoria – a pesar de que el apellido no era precisamente inglés o francés, se jactaban de haberse iniciado al lenguaje en el idioma francés. Y tampoco puede pasarse por alto que la “representación social legal” del feminismo encarnado por Victoria Ocampo estaba atravesado de un sectarismo encubierto: no en vano se opuso al voto femenino, contradicción que solamente puede ser ingenua para quien no quiera develar la motivación interna o ideológica que se esconde en esa postura.

Así pues, los “técnicos de la decencia” veían en Eva a una evasora del conformismo social, a una subversiva del imperativo colectivo, a una practicante cuestionadora del paradigma cultural sin tener autoridad social ni intelectual para hacerlo. Una burladora del cliché del modelo a seguir. Alguien que había vivido en concubinato con Perón y había tenido la osadía de casarse con él.

El encarnizamiento político practicado con el cuerpo embalsamado de María Eva Duarte muestra, por un lado, y de manera encubierta, la misoginia y el conservadurismo reinante en la estructura mental de cierta  clase social; y, por otro lado, los sentimientos oscuros y perversos del amor-odio que ella generaba en los mismos. El machismo imperante de entonces no solamente era asumido por los hombres, sino por las mismas mujeres de los estratos medios de la escala social. Evita muere a los treinta y tres años (o treinta y cinco) el 26 de julio de 1952, y esto paradojalmente supondrá precisamente su paso a la inmortalidad. La inmortalidad no le fue dada por el hecho de que, al igual que los faraones del antiguo Egipto Perón hubiera desafiado las leyes de la naturaleza intentando negar la muerte de su esposa embalsamando su cuerpo, la prenda más venerada de la clase trabajadora argentina.

El aragonés Pedro Ara, doctorado en Medicina, catedrático de la Universidad de Madrid, académico de número y famoso en ese entonces por haber realizado trabajos de ese estilo con ciertas celebridades (incluso fue llamado de Rusia para embalsamar a Lenin, aunque por motivos ideológicos rehusó el encargo). Su interés era la Anatomía y estaba considerado a nivel internacional el mayor especialista en técnica anatómica. Estaba relacionado con la República Argentina desde el año 1925, donde residió durante veinticinco años entre la Córdoba argentina y Buenos Aires. En Córdoba, se desempeñó como docente y cirujano especialista en anatomía en la Universidad y fue Director del Instituto Anatómico que hoy lleva su nombre. En Buenos Aires, se desempeñaba como agregado cultural de la embajada de España en Argentina. Era muy comentado por esos años la labor realizada a una jovencita de dieciocho años, a quien su padre, médico y colega argentino del Dr. Ara, había hecho embalsamar. Realizó el trabajo sin cobrar absolutamente nada y en homenaje al pedido de su amigo. También había realizado tarea similar a Manuel de Falla, el anciano compositor español; e hizo un busto, que se hallaba en el Centro Cultural, de un mendigo porteño  cuya nobleza y grandiosidad en el porte le había impresionado. Los trabajos realizados, según dijo él mismo, fueron pocos porque su labor se centraba en la cirugía anatómica que con fervor enseñaba y practicaba.

Pero su fama había trascendido los límites de las fronteras de Argentina y España. No obstante su prestigio, ninguna de sus obras tuvo la relevancia ni repercusión científica, social y política como la que realizó a Evita. En su trabajo con Eva Perón, el tiempo y la técnica empleada le demandó un gran esfuerzo, pero la convirtió en una vestal, una diosa yacente y eterna. Incorruptible. También él la consideró modestamente su obra maestra y durante tres años vivió pendiente de ese cadáver-muñeca de aspecto cuasi púber. Como muchos artistas, Ara se enamoró de su obra.

La “revolución libertadora”, nombre con la que se autoproclamó el golpe militar de 1955, secuestró el cuerpo de Evita, que descansaba en un ataúd de cristal en el segundo piso de la Confederación General del Trabajo (CGT), organización que mantenía con Eva Perón un vínculo entrañable. Como defensora de la causa obrera y mediadora de  los acuerdos o desacuerdos sindicales, Eva había sido una ferviente sindicalista que, desde muy joven, en su etapa de actriz, había fundado con otros compañeros la Asociación Sindical Radial Argentina (ARA). Los obreros veían en ella, además de la esposa del líder, a una “compañera de lucha” y a una activa promotora de todos los derechos de los trabajadores, por aquella época explotados y desposeídos. La Argentina de las mieses y la abundancia, la Argentina rica y exquisita de la Belle Epoque y los años cuarenta, era un país donde los asalariados eran explotados en forma vil, no tenían horarios ni derechos. Los inmigrantes europeos explotados fueron los que, bajo banderas de carácter anarquista, sembraron con su sangre la Patagonia y muchas calles de la europea Buenos Aires. Era una Argentina muy rica, es cierto, pero la riqueza era para pocos. Y es la irrupción de Juan Domingo Perón con sus aciertos y sus errores quien reivindica al desposeído y al trabajador. Y Eva, compañera del líder, era la interlocutora al que el inconsciente colectivo asignaba el rol de novia-hermana-madre, ”La dama de la esperanza”. No el puente, sino el arcoíris, como ella misma gustaba decir…

Los militares golpistas (1955-1957) deseaban la desaparición y extinción definitiva del peronismo y trataron de borrar de la memoria de cada argentino todo tipo de referencia o vestigio del mismo. Así, emitieron el Decreto Ley 4.161, donde quedaba tajantemente prohibida la sola mención del apellido Perón, Eva Duarte, familiares de ambos, fotos, símbolos etc. Se impusieron penas de prisión y monetarias a todo aquel que incumpliera  dicho precepto, ya se tratara de ámbitos públicos o privados. No es difícil imaginarse lo que podría llegar a suceder con el cuerpo de Eva. Yo misma recuerdo, en mi infancia porteña, haber visto como una gallega inmigrante conocida de mis padres, en razón de haberse desempeñado como empleada doméstica en casa de mis abuelos paternos en Caldas de Reyes, sacar del fondo de un baúl un almanaque celosa y amorosamente escondido que contenía fotos de Eva Perón realizadas por el fotógrafo oficial de la Casa Rosada. Fotos donde Evita se me antojaba un hada. Un hada valiosa que contaba con un plus, ya que le encontraba rasgos de su rostro similares a los de mi propia madre. Nos las mostró a nosotros por ser gente de su entera confianza y haciendo la típica señal del dedo sobre los labios, pidiendo silencio. Jamás me olvidaré de ese momento. Fue como una emotiva ceremonia secreta.

También viene a mi memoria, poco tiempo antes, el horror que produjo en mi mente infantil los dichos de unas señoras hijas de estancieros y comerciantes de Los Toldos y pueblos cercanos, donde mi abuelo y sus hermanos fueron pioneros y fundadores en algunos de ellos (La Niña, por ejemplo), en el Partido de 9 de Julio de la provincia de Buenos Aires. Las señoras en cuestión -algunas de las cuales habían asistido a la escuela en Los Toldos con María Eva Duarte – comentaban sin ningún rubor como ellas y el resto de sus amigas y tantas otras mujeres de la zona pinchaban con alfileres las fotografías de Evita. Evita víctima propiciatoria del pensamiento mágico del que tanto habló el sociólogo Paul Frazier. Eran esas manifestaciones femeninas, seguramente, producto de la envidia. La pobre, la ilegítima del pueblo, casada mejor que todas ellas. Y dueña de vidas y haciendas. Una menuda, frágil y pálida muchachita que partió de Junín para ser actriz, ahora rutilante, bella y poderosa mujer cuya fama trascendía los límites de Argentina.

 Dentro del grupo militar que tomó el Gobierno existían diferencias de criterios con respecto al destino del cuerpo de Eva Perón: algunos por ser de extracción católica y nacionalista eran partidarios de darle sepultura cristiana devolviéndoselo a su madre; otros querían negociar con la CGT una transición pacífica y enterrar a Evita anónimamente, pero la marina apuntaba a quemarlo o fondearlo en el Río de la Plata (como quería el almirante petiso orejudo, otrora enamorado de Eva), o arrojarlo directamente desde un avión al estuario, acontecimiento tenebroso que veinte años después se aplicaría con muchos de los desaparecidos de la dictadura del 76.

 Evita generaba tan controvertidos y confusos sentimientos que hasta se enamoraban de su cadáver. Odio y deseos eróticos. La amaban y la odiaban. Ejercía sobre ellos una atracción enferma. Querían ser los dueños de ese sol líquido, como la definía su embalsamador. El magnetismo que emanaba “esa mujer” aún muerta los hipnotizaba; esa mujer frágil de aspecto sereno con la dignidad y la majestad de la muerte, los impresionaba y les infundía respeto y sentimientos ambiguos. Ahora estaba a su merced. De muerta exhalaba aún mayor seducción que viva. Según relatos del Dr. Ara, los que visitaron la cámara mortuoria donde él trabajó tanto tiempo con el cuerpo para dejarlo eterno, incluso todos los enemigos quedaban vivamente impresionados y la contemplaban en general con solemne respeto. De hecho, prodigó calificativos de caballerosidad, hombría de bien, cultura, inteligencia, cortesía y consideración a los oficiales superiores que trataron con él para la entrega de Eva. Sin embargo, dentro de la neutralidad expresada en su libro desliza como al pasar que, si bien es verdad que todo lo que se dice corresponde a lo vivido y actuado, en alguna página aquel que quiera podrá leer entre líneas. Hasta donde va su relato de la etapa en que fue custodio del cuerpo, puede leerse entre líneas una situación en que fue violentado el acceso a la cámara y se “encontraron un poco desarregladas las ropas de Eva,” y se “habían retirado unas banderas” que cubrían la simple túnica que vestía. Sucede que cuando se realizan (quizás) pactos de silencio o el autor practica una autocensura, la verdad puede transformase en mentira y la mentira en verdad. Las contradicciones sobre la vestimenta y el estado con el que se encontró el cuerpo de Eva, y los posteriores sucesos acaecidos luego de que el Dr. Ara regresara a radicarse nuevamente en España, no parecen ser la historia de honra y respeto de todos los enemigos al que éste hace referencia en su libro.

 El relato del periodista y escritor Rodolfo Walsh titulado, justamente, Esa mujer, escrito en 1971 en forma de cuento, referido a una entrevista entre un periodista y un coronel, donde el apropiador del cadáver manifiesta “esa mujer es mía” y “la enterré de pié como Facundo Quiroga porque ella era un macho” brinda algunas pistas, como en el cuento de Ansel y Gretel. Años después, el también periodista y escritor Tomás Eloy Martinez confirma en entrevista con la viuda de ese coronel (del cual se había divorciado anteriormente porque por el caso del cadáver, ya que su marido había enloquecido por Evita) la veracidad de los hechos relatados en el escrito. El coronel, como ya se sabe, era Carlos Eugenio Moori Koening, quien desobedeciendo las órdenes de sus superiores mantuvo en su poder el cuerpo de Evita durante un período considerable, y lo llevaba cual maleta donde quiera que fuera. La viuda que cargaba semejante historia, quizás a modo de catarsis, le confiesa a Eloy Martinez que, cuando estuvieron en Bonn, él había llevado el cuerpo de Eva y lo tenía en una ambulancia; el coronel intentaba meterlo en el garaje una noche de lluvia, cuestión que desató la furia de ella que le gritó que sacara “esa cosa de ahí” o que lo abandonaría. Al parecer, esa noche, luego de la discusión con su esposa, el coronel enterró a Eva, o eso es lo que le dijo a ella. En 1971, poco antes de morir, publicó un artículo en el que afirmaba haberla enterrado en un bosque. Si es así, de allí provendrían las lastimaduras de sus pies y sus rodillas a las que hacen referencia los familiares de Evita cuando ven el cuerpo que fue restituido a Perón en Madrid en 1971, antes de ser traído a Argentina en 1973 y que, desde 1976 descansa en el cementerio de la Recoleta, en el panteón familiar donde la protegen kilogramos de cemento. También se dice que, en realidad, los restos de Eva no se encuentran en esa bóveda, sino en otra de la Recoleta perteneciente a gente amiga, por si acaso pudiese ser robado de nuevo… pero es muy posible que esto no sea más que una leyenda urbana de las tantas que deambulan entre la magia del cementerio de la Recoleta.

Existe una investigación realizada por varios periodistas del diario Clarín, quienes realizaron entrevistas oficiales que fueron publicadas en ese matutino con fecha 21 de diciembre de 1997 a los testigos y protagonistas que intervinieron tanto en el enterramiento de Eva en Italia bajo el nombre de María Maggi de Magister, como en su posterior exhumación en 1971. En el reportaje no está Moori Koening, porque el coronel que el Dr. Ara había definido como «un militar de no común inteligencia, de gran cultura literaria y filosófica, distinguido y de cautivante simpatía” había muerto, de forma bastante dramática además, ya que luego del castigo que el ejército le aplicó por la retención del cadáver de Eva, cayó en un feroz alcoholismo que lo llevó a la destrucción y a la locura como su viuda contara.

 Y antes de Moori Koening durante ese “yira, yira” del cuerpo de Evita dentro de un furgón, también existió un confuso episodio donde fue destituido el suboficial Arandía, quien en una extraña situación – haga cada uno su propia interpretación – había matado de tres balazos a su esposa durante la noche por haberla confundido con un ladrón, ya que el oficial tenía a Eva escondida en su propia casa para evitar que siguieran el rastro del cadáver con aquello de velas y flores y se lo arrebataran los obreros de la CGT y los grupos de resistencia que lo buscaban…

 En la entrevista del diario, el suboficial Sorolla, quien formó parte del minúsculo círculo que por orden de Aramburu enterró en Italia bajo nombre falso el cuerpo de Eva y que, catorce años después fue parte de la misma comitiva en el proceso de su exhumación para entregarle el cadáver a Perón en Madrid, considera a Moore Koening “un hombre brillante pero que tenía una enfermedad: la enfermedad Eva Perón. Estaba enfermo de Eva. Estaba enamorado de ella. La idolatraba y la odiaba al mismo tiempo”. En el reportaje concedido a Clarín del día 21 de diciembre de 1996, manifiesta que había accedido a la entrevista porque estaba cumpliendo una “orden institucional del ejército” y que sería la última vez que se referiría al tema con nadie y remató: “con esta entrevista se terminó para mí el tema Eva Perón”. El periodista inquiere acerca de si era verdad la historia del cadáver deambulando en un furgón por distintas calles y lugares de Buenos Aires donde aparecían velas todo el tiempo. Todo era ultra secreto y todos los días se cambiaban los códigos o consignas; y sin embargo aparecían velas y flores en las esquinas o en las veredas donde la transportaban. Y el entrevistado corrobora lo dicho y también confirma que estuvo unos días en el cine Rialto de la calle Córdoba, detrás del escenario. Evita errante…

 Hoy, en esta madrugada en que estoy escribiendo éstas páginas, no he deseado escribir su biografía y una sucesión de fechas y acontecimientos. He querido nombrar a esa mujer, ese cuerpo que condensaba en sí mismo todos los opuestos. Citar a Evita, esa feminista-femenina, la que con un fervor mesiánico alentó a los desheredados, a los sin nada a tener sueños y a concretarlos; a esa mujer apasionada, tierna, brava, transparente y misteriosa, próxima y lejana, cálida y fría. La que quemó su vida al servicio de sus grasitas, sus descamisados, los sin techo, los sin nada. A esa que quiso ser un hada madrina y lo fue, quiso ser un arco iris y lo fue, quiso ser recordada y hoy es bandera. A la mujer mito, pero mito pájaro, ese de las alas grandes  comparadas con su diminuto cuerpo y que tiene vuelo de mariposa o colibrí. A esa Eva que ya no es solamente nuestra. Al igual que Ernesto “Che” Guevara constituyen representaciones sociales universales del fuego y la pasión al servicio de su pensamiento.