El día sábado publicamos un trabajo respecto a los subsidios estatales que han otorgado al transporte público y la módica suma de Q2 mil 122 millones 300 mil salió a luz, ya que desde 2004 al 2011 esa cantidad ha erogado el Estado en concepto de contribución para mantener los precios asequibles para los usuarios.
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Y al ver esos números, no puede uno sino pensar en esas personas que por necesidad y no por gusto, son usuarios de un sistema colectivo de transporte el cual, es una aberración que atenta contra la dignidad humana.
No hay que ser experto para darse cuenta de la calamitosa realidad de las unidades del transporte, recicladas en su gran mayoría y paradójicamente, pintadas de rojo como aquellos fracasados tomates, las que a su vez son un arma tóxica que sobre todo afecta a los mismos usuarios. A ello, debemos sumarle que son un imán para los delincuentes que las asaltan y para algunos cafres que las manejan y ayudantes que los acuerpan, en total irrespeto a la vida de sus pasajeros, no digamos a las reglas de Tránsito.
De manera constante vemos cómo los transportistas, sobre todo lo urbanos, se quejan de las extorsiones de las que son víctimas sus unidades de transporte, sus pilotos y ayudantes, pero es absolutamente necesario decir que los primeros que pusieron de moda la extorsión en el transporte, fueron los mismos dueños.
Q2 mil 122 millones 300 mil le han logrado sacar al Estado de Guatemala en ocho años, bajo la excusa de mantener el precio del pasaje relativamente accesible para los usuarios. Han recibido ese dinero bajo amenazas de paro y alzas. Pero uno se pregunta ¿por qué esos millones no se ha traducido en mejores unidades, personal más capacitado, choferes respetables, ayudantes que en su mayoría ayuden, valga la redundancia, y no que solo se dediquen a sobar a las mujeres cuando abordan y abandonan la unidad? No digamos en sistemas de seguridad que permitan a nuestra gente viajar de forma más segura y tranquila.
El sistema de transporte público ejemplifica a la perfección lo que sucede con nuestros asuntos de Estado. Intentamos sacar la mayor raja posible contra la menor calidad de servicio, esfuerzo y dedicación.
El mismo sábado se leían las declaraciones de un dirigente de la Asociación de autobuseros que decía que el servicio del transporte público ha mejorado mucho. Hinchados los debe tener para atreverse a decir tal desfachatez, puesto que con tal cantidad de dinero recibida como subsidio, es pecado ver las deplorables condiciones en que nuestra gente debe abordar las unidades y peor aún que se tenga el descaro de decir que las condiciones son más favorables para el usuario.
A ello le debemos sumar el factor político del asunto. Los autobuseros son de los financistas de campaña más cotizados en nuestro maltrecho sistema electoral, pues son clave para la movilización el día de las elecciones, razón por la que a Colom fue al que más plata le han sacado.
Ayer, la Vicepresidenta preguntaba en cuenta de Twitter si queríamos los guatemaltecos que ella fiscalizara la utilización de los recursos del Estado; yo le digo que sí y que fuera bueno que por vez primera se pusiera ojo detallado al subsidio del transporte público, haya sido o no, financistas del oficialismo.
No puede ser que nuestra gente empiece su día en esas condiciones, es decir, abordando un bus que en lugar de inspirar confianza y orgullo, da miedo, vergüenza y cólera. Es inconcebible que nuestra clase trabajadora, en su mayoría honrada y dedicada, tenga que terminar su jornada laboral con menos energía y con ganas de llegar a casa, abordando de nuevo aquellas camionetas que fácilmente pueden ser bautizadas como “carcachas de la muerte”.
Conveniente sería que las autoridades se esmeren por proteger a los usuarios de los delincuentes que andan haciendo de las suyas con asaltos a diario, de los que ya ni nos enteramos porque nos acostumbramos a verlo como cotidiano; pero vital que también investiguen a los dueños de los buses que con su histórica y arrogante extorsión, tienen sufriendo a miles de guatemaltecos que con sus impuestos mantienen un sistema aberrante.