Hace mucho tiempo, cuando el tiempo era largo y no corto como ahora, existió el reinado de Ispania sin hache, liderado obviamente por una reina que gustaba de extender sus dominios por los confines de la tierra. Las monarquías eran en aquel entonces, la forma de poder a través de la cual se definían los territorios y se despojaban las riquezas del mundo.
Ispania se hizo grande cuando su reina se casó con el soberano vecino del reinado de Agón, juntos se fundirían en uno solo con el nombre del imperio Ispánico y extenderían sus fronteras más allá del océano hacia el nuevo mundo, con la bandera moral del cristianismo; su estandarte y su principal arma sería pues una cruz para convertir o para advertir. Con el tiempo aquellos primeros monarcas morirían, pero dejarían una cadena descendiente que aseguraría la pulsión imperial y cristiana hasta el día de hoy, cuando el tiempo es corto y efímero. Uno de los primeros reyecitos de la descendencia real se aventuró un día fuera del castillo para cazar codornices, faena que le llevó todo el día sin mucho éxito con dichas presas. Al final de la jornada el rey se había separado de sus súbditos ayudantes y se había adentrado solo al bosque, confiado en el poder de su corona, la que llevaba puesta sobre la cabeza.
Con la oscuridad casi puesta se le apareció de pronto una bestia enorme que para nada emparentaba con las aves. Era un elefante blanco de magnitudes colosales que caminaba lento e imponente; este clavó su mirada en los ojos del reyecito, que del susto botó la corona real que terminó entre las pesadas patas del paquidermo. El animal colosal elevó la trompa y empezó a contarle una historia al monarca. -Un día, le dijo, en el tiempo del futuro, el poder de las monarquías no será el único, de hecho habrá un sistema imperante llamado República; pero si subsistente como huella mustia de la avaricia y la acumulación de muchas generaciones, y tu descendencia directa de ese momento habrá de llevar su egoísmo y codicia a tal grado que terminará haciéndose daño a sí mismo. En este tiempo los de mi especie seremos muy vulnerables y estaremos en riesgo de extinción; se observarán por ese entonces signos profundos del inicio del derrumbamiento de la especie humana y como ahora, las inequidades serán profundas, la pobreza indignante y las riquezas insolentes. Por ese tiempo, ese rey irá de caza tras uno de mis descendientes en una jornada invitado por otro jerarca de un territorio más lejano.
El pueblo de ese rey cazador desconocerá cada vez más a su monarquía le dijo, y los demás miembros de la familia harán sus propios estragos, contribuyendo a la deslegitimación de los suyos. Un niño real atentará por descuido con sí mismo y un príncipe político lucrará con fondos públicos. Ese rey caerá en desgracia y defraudará a sus súbditos que ya no lo serán, y aunque ese monarca les pida disculpas, su reinado se verá en entredicho. El reyecito abrumado por aquella historia con aire premonitorio le gritó “por qué no te callas”. Él regresó al castillo con los pensamientos en aquel encuentro y con la imposibilidad de contarlo a nadie porque no le creerían tan sorprendente encuentro. Esa noche pasó en vilo resolviendo aquella historia contada por el paquidermo blanco que había roto su corona. Al día siguiente al alba, después de haber pensado llegó a la conclusión de que siendo rey tenía el poder de hacer y dictar las órdenes que quisiera, así también pensó que el encuentro debió haber sido un sueño, y desde ese día dejó de cazar codornices y emitió una orden real de emprender una cacería contra elefantes blancos, osos y búfalos.