Ninguna duda tengo que cada una de las hagiografías del Hermano Pedro ha sido inspirada por los más elevados sentimientos y devoción, pero creo que algo hace falta. Igualmente las representaciones, que poco le favorecen, no lo pintan como a un joven de 40 años, vigoroso (acaso bien parecido) y de carácter decidido; lo retratan como un personaje angelical con cabeza desproporcionada y expresión imberbe.
Casi todas las crónicas son parcializadas comedidos y repetidamente se refieren a la figura del venerable, del seráfico, del santo, del beatífico, del justo varón etc., pero poco incursionan en el hombre. Creo que la mejor biografía es la que expone los hechos y circunstancias del personaje para que sea el lector quien le ponga los adjetivos. Pero las referidas historias abundan en adjetivos que poco dejan a la interpretación del lector.
Y creo que sí tenía grandes cualidades, por favor no se me malinterprete, lo que quiero decir es que para llegar a ser santo tuvo que pasar por ser humano. Y no me refiero solamente a aquellas versiones que pudieron haber sido ciertas pero tocan poco la realidad, como el hecho de convertir en oro a una lagartija, o conducir a todos los ratones del otro lado del río Pensativo, hablar con un burro, hasta se habla de pasajes de resurrección de personas. De nuevo, no lo dudo, pero creo que la mayoría es producto de la piadosa leyenda que se tejió tras sus pasos. Lo colocan como una aparición celestial en medio del volcán de Agua y no como un pobre inmigrante que venía de las Islas Canarias. En efecto, Pedro González García fue un hijo de campesinos pastores de la Isla de Tenerife. No fue a escuela alguna y poco a poco y casi por su cuenta aprendió a leer y escribir. Cuando tenía unos 12 años sufrió una extraña enfermedad que lo dejó paralizado temporalmente. No se sabe con exactitud pero con las pocas referencias que se tienen dan la impresión del actualmente llamado síndrome de Guillain-Barré. Estuvo en cama varias semanas hasta que sanó casi totalmente; él lo atribuyó a la intervención de San Amaro. Algunas crónicas refieren que le quedó una leve cojera y de allí su constante uso de bastón o bordón. No se sabe cuáles fueron las razones por las que dejó su isla natal y se embarcó a Las Indias. De nuevo las crónicas dulces dicen que por celo evangelizador, motivado por un tío que había sido misionero. Todo indica que un hermano mayor se había ido pocos años antes y nunca se supo nada de él (se dice que se afincó en Ecuador). No sabía nada de Guatemala, ni había escuchado el nombre, hasta que estuvo en Cuba donde pasó una temporada trabajando en telares (los historiadores difieren en cuanto tiempo). Cuando llegó a Honduras (Trujillo) estaba tan enfermo que lo dejaron abandonado para que muriera en la playa. A pie bordeó la costa norte de Honduras y llegó al Golfo Dulce. De allí el camino era más transitado que llevaba a la capital de todo el reino….casi todas las historias dan cuenta de que los vecinos se sintieron embelesados cuando entró en la ciudad de Guatemala (en medio de fuertes temblores). Eso no es cierto, Pedro era un desconocido y de condición humilde. Pasó totalmente desapercibido y si alguien se percató en su presencia lo habrá visto de menos, por su atuendo y por algo más: los criollos rechazaban a los peninsulares que llegaban y solamente se abrían paso –y no sin dificultad– aquellos que traían alguna carta de recomendación real. Como pudo Pedro buscó trabajo y, por su experiencia en Cuba, consiguió en un obraje de algodón donde se hacían hilos y tejidos. Más de alguna crónica habla de que Pedro Almengol, su jefe, quería que Pedro fuera su socio y al mismo tiempo formalizara con su hija. Poco se sabe al respecto, pero si nos trae a la mente a un joven con acercamientos a una dama de esa sociedad. Ello no tiene nada de malo. Pero Pedro creyó que su camino eran las órdenes sacerdotales y para ese efecto se inscribió en la escuela de los Jesuitas.
No le fue bien en los estudios al punto que sus pequeños compañeros lo hacían objeto de burla al punto de llamarlo jumento. Sin duda alguna Pedro, como cualquier ser humano, tuvo una crisis de identidad y salió huyendo de la ciudad con ansiedad y agitación. No se sabe si quería predicar por su cuenta a los indígenas o regresar a España. En la iglesia de Petapa (Villa Canales, donde todavía se ven las ruinas) tuvo la revelación de regresar y así subió por el camino que habría de llevarlo al cielo. Para finalizar, este 25 de abril se cumplen 345 años de la partida al cielo del Hermano Pedro.