En el mar de necesidades que experimenta un país como el nuestro, ufanarse de un Presidente diciendo que se siente satisfecho por lo que ha hecho, no es sino vanagloriarse gratuitamente. Típico autoelogio de un político. Lo mismo hicieron en su momento Cerezo, de León Carpio, Arzú, Portillo, Berger… Todos. Lo mismo repite en su campaña el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, (para decir algo fuera de nuestras fronteras).
¿Entonces habría que callarse y no decir nada? Tampoco, pero uno esperaría cierta mesura en las palabras. Indicar incluso cierto malestar: “no he hecho aún lo que quisiera”, “estoy lejos de mi sueño como Presidente para Guatemala”, “encuentro dificultades personales para materializar mis ideales”, “la corrupción es un flagelo que tengo que combatir porque ya tengo información de ciertos abusos”. Naturalmente estas afirmaciones no venden y son poco políticas. Pero quizá así nosotros, la plebe, el vulgo, el pueblo, lo apoyaríamos más y le creeríamos.
Pero como sale triunfalista diciendo que al paso que van, en cuatro años, erradicarán la violencia del país. Que la percepción de la población es que realmente son capaces y salimos tranquilos a caminar y a leer en los parques. Que los vidrios de nuestros carros ya no necesitan ser polarizados. Que las mujeres pueden andar seguras porque la Policía es ciento por ciento efectiva. No les creemos nada.
La realidad es que han hecho ciertos remozamientos, pero son muy parecidos al de nuestro alcalde capitalino: un arbolito por aquí, una pintadita por allá, un tu “limpia y verde”, policías dando vía, cuadrillas de limpieza, etcétera. No está mal ciertas cosas que han hecho, pero a las cosas fundamentales no le entran ni por asomo. Uno quisiera ver que enfrentan el problema de la tierra en verdad, no con discursos de político barato ni mandando a negociar con los campesinos a cualquiera sino con agenda en mano y atacando el verdadero problema. Con proposiciones históricas, no postergando el viejo conflicto.
Uno quisiera ver que se baten con el tema de la corrupción. Que meten preso al pícaro que es ministro y hasta ponen en jaque las jugadas turbias del más alto funcionario. Sería lindo que se distancie (el Presidente) de la oligarquía y deje andar de limosnero para viajar de un país a otro. Que renuncie a los aviones de los ricos y tenga más dignidad. Que sea correcto y demuestre rectitud, machito en los principios, como dicen que les inculcan a los militares.
El sueño de un ciudadano (como yo en este caso) es ver a un Presidente transformando las estructuras de un país. Pero es sospechoso el quehacer de un gobernante cuando recibe elogios de los oligarcas. Es un axioma infalible: si hablan bien los ricos y los medios de información de un país están calmados (como los nuestros con excepciones), es porque el Presidente gobierna no para las mayorías, sino para la raza pudiente. Lo cual es un auténtico fiasco.
Cuando uno ve a la jauría de columnistas mercenarios de la oligarquía elogiando a un Presidente es signo de que algo anda mal. Y eso es lo que sucede ahora. Los ideólogos que sostienen a los poderosos o reconocen las virtudes, según ellos, del gobierno, o simplemente hacen mutis. Muy sospechoso. El pueblo no siente lo mismo y la percepción es totalmente contraria.
El consejo entonces para nuestro Presidente es que revise su agenda y deje de andar sembrando arbolitos (que también son necesarios), si tan solo fuera serio con las compañías mineras ya lo recordaríamos con gusto “per secula seculorum”.