El manejo del duelo no suele ser algo fácil. Peor cuando este se vive de manera anticipada debido a la presencia de una enfermedad crónica y terminal. Este llega a contribuir al cansancio, al desgaste y posiblemente a sentimientos ambivalentes hacia nuestro ser querido; que en muchos casos favorece el aparecimiento de la culpa en los cuidadores primarios de esta persona.
La última fase de una enfermedad que precede a la muerte ha sido denominada como agonía. Esto suele suceder en personas con enfermedades crónicas y de incierto pronóstico. Aunque también es cierto que no todos morimos de lo que se supone que tendríamos que morir. Aclarando lo anterior, podemos tener cáncer y pensar que nos tocará un camino largo y posiblemente sufrido hacia la muerte. Pero la realidad puede ser otra, es decir, podemos morir por una bala perdida, por ser atropellados y por cosas tan insólitas como que nos caiga un rayo encima.
Sin embargo, cuando nos presentan un diagnóstico de una enfermedad para la cual no existen aún recursos médicos para enfrentarla, la idea de la muerte se nos hace más próxima. La persona enferma que se encuentra en agonía muestra un deterioro obvio y progresivo en su constitución física, tiende a dormir más, a hablar menos, a comer muy poco y sentirse débil. También muestran el deseo de acompañarse por los seres más afines, así como un mayor apego a sus creencias espirituales. Hay quienes viven este proceso con miedo, pero otros con serenidad y solemnidad.
Me acuerdo de mis primeras clases de Ciencias Naturales, en donde repetíamos como loritos la respuesta a la pregunta: ¿Quiénes son los seres vivos? Y me ocasiona sorpresa cuando continúo observando la misma dinámica en nuevos escolares que repiten a todo galio: Son los que nacen, crecen, se reproducen y mueren. Pero el considerar la muerte de uno mismo o de un ser querido está muy lejos de ese contexto, tienen que venir eventos que nos hagan encarar la muerte, para llegar a tener la noción de que esta tarde o temprano también nos llegará a nosotros mismos; y que no es injusto morir, lo que podría calificarse de injusto es la manera en la cual se llega a morir. Esto ante todo cuando la muerte se convierte en una tragedia producida por un acto violento.
Los familiares y amigos que se constituyen en cuidadores primarios de la persona enferma también se encuentran enfrentando su propia muerte. Pueden surgir emociones contrarias hacia la persona que cuidan, como lo son el amor y el desamor y surgir el deseo de que esta persona muera, porque no toleran verla sufrir o porque una parte de sí mismos está muriendo cada día con ella. Hay quienes se apegan tanto a la persona en agonía porque no se encuentran preparados para su muerte, que de alguna manera se cree que retrasan el acontecimiento; pero también, hay quienes desean tanto al muerto, que el muerto se empecina en no morir.
El manejo del duelo en tales circunstancias amerita una atención médica al paciente, pero también a familiares y amigos. Quienes necesitan al igual que el paciente estar informados de la enfermedad, de los medicamentos y sus efectos secundarios. Del pronóstico de esta, de la oportunidad de tomar decisiones que ayuden a que el último adiós en la vida sea llevadero de la forma más cálida y delicada.
En el proceso de duelo muchas veces se busca a un culpable o se responsabiliza de la muerte del ser querido, algún familiar o amigo que sienten que hubieran podido hacer más por esa persona. Pero la realidad es que tarde o temprano cada uno de nosotros hemos de morir y qué mejor que expresando la dignidad que nos ha acompañado en el transcurso de nuestras vidas.