Se va agotando el palabrerío


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Escribiendo una vez por semana es muy difícil apartarse de un tema tan importante como la transparencia, porque a mi juicio cualquier éxito político se viene el cesto si no se logran grandes avances en ese tema.

Pedro Pablo Marroquín Pérez
pmarroquin@lahora.com.gt


Preguntado en una entrevista, que publicamos aquí en La Hora el día de ayer, el Presidente dijo que la corrupción es un monstruo de mil cabezas y que ellos hicieron lo que creyeron necesario desde el Ejecutivo para trasladar el debate al Congreso, reconociendo que si las leyes se perciben débiles, se puedan enderezar en el Legislativo.

No deja de preocupar esa declaración y da la sensación de que el Presidente no desea entrarle de lleno al tema y nos debemos preguntar ¿desde dónde empieza la presión para que la transparencia sea algo de lo que se hable sin materializar cambios?

Y me pregunto si serán presiones o un doble discurso, porque en la misma entrevista el Presidente vuelve a dar señales que tiene noción de lo que debe ocurrir para resolver el problema. Pérez Molina dice que pasa porque el Ministerio Público luche fuerte contra la corrupción y porque la Contraloría de Cuentas demuestre disposición de transparentar procesos y denunciar a los funcionarios; el problema es que esos entes necesitan herramientas.

Vale la pena recordar que la Contralora ya dijo, públicamente, que se opone a los fideicomisos y que teme que se creen más para evitar mayor fiscalización. Presentó una iniciativa para eliminarlos, que por cierto, el oficialismo no abrazó como propia y en lugar de eso, compartió el criterio de Centeno que los mismos se pueden regular, pero no eliminar.

Mi punto es que el palabrerío se va agotando. Cuesta creer que un Presidente que se hizo en formación militar de disciplina, que estaba acostumbrado durante su época de militar activo a actuar porque de lo contrario, literalmente vidas dependían de él y que recientemente obligó al hombre más poderoso del mundo a reconocer que se debe debatir la política vigente de la lucha contra el narcotráfico, no sea capaz de articular un discurso y actuar determinado para tapar los hoyos que todos conocemos en la administración pública que en componenda con las entidades y personas privadas se hacen grandes con la corrupción.

No basta con que el Presidente le pida al organismo más corrupto del país que sean ellos los que con sus parámetros perversos en su mayoría, su ausencia de moral y su viciada forma de haber logrado la plaza, determinen las directrices para acabar con la corrupción.

Se les olvida a los políticos que no solo en la campaña los discursos, mítines y demás encuentros con la gente son necesarios. Si el Presidente se dedica a dar un mensaje en la capital y el interior, de lo que significaría para el país la transparencia, pide apoyo, pide que nos unamos a su alrededor en esta lucha, que toquemos puertas por la causa y que creamos en nuestra habilidad para incidir en el cambio, el país lograría tener las rutas del desarrollo.

Y en esos mensajes, si el Presidente explica a detalle los problemas de la corrupción, los hoyos que se tienen, las deficiencias que como país nos deja la falta de transparencia y basa su eje en la ley de contrataciones, contraloría, fideicomisos y enriquecimiento ilícito para funcionarios y contratistas, otro gallo cantara.

Mientras tanto, las buenas intenciones están separadas por una mínima línea con las excusas. La transparencia para algunos son fotos con un sello que dice, “esto es transparencia”, pero me resulta difícil creer que Pérez se vaya a conformar, pareciéndose a algunos que nos quieren hacer pensar que esas simplezas son honestidad.

El Presidente, en algunos casos ha actuado como estadista, ha tomado decisiones difíciles y muy probablemente en la soledad del gobernante que recibe cientos de opiniones, pero tiene la sabiduría para tomar la correcta. Asumo que ese fue el proceso que lo llevó a hablar de las drogas; por favor Presidente, decídase a ser un estadista en el tema de la transparencia, asuma su liderazgo y el país y su gente se lo vamos a agradecer.

De lo contrario, hasta aquí llegó el cacareado cambio.