La pintura ritual de José Colaj


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En los próximos días la galería El Túnel abrirá al público la exposición titulada “La Memoria de José Colaj” en homenaje a este ilustre pintor de San Juan Comalapa fallecido en los últimos días de diciembre de 2011. Un homenaje merecidísimo para quien fue el más visionario de los oficiantes actuales de la pintura maya de Guatemala.

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Por Juan B. Juárez

Sobreviviente de la guerra, lo más significativo de su obra surgió, sin embargo, en el período más reciente de nuestra historia, quizás como la otra cara de los Acuerdos de Paz. No sólo en el tema sino sobre todo en el hondo sentimiento que la anima, su pintura revive el ritual sagrado con el que los sobrevivientes cumplen con sus muertos, y actualiza en cada cuadro el vínculo que desde el principio de los tiempos eslabona a las sucesivas generaciones de un pueblo y de una familia -por debajo incluso de los acontecimientos históricos que tienden dispersarlas- y las reúne en una fiesta que, en presencia de la muerte, se da, sin embargo, al margen del tiempo.

Más que manifestación oficiosa de la “memoria histórica”, la pintura de José es una transposición en sentidas imágenes poéticas del protocolo inmemorial del ritual fúnebre que se cumple al margen de las denuncias de las injusticias y la violencia de la guerra. Solidaria con los sobrevivientes de una manera más esencial, sus imágenes rituales acogen el dolor, la desesperanza y la soledad, y los transforman en humo y plegaria que le dan un sentido trascendente a la tragedia colectiva. El espacio mítico que se abre en su pintura es el correlato del tiempo místico del luto y está en una dimensión diferente a la que habitamos sus espectadores profanos que sólo alcanzamos a ver las espaldas —una trenza, un sombrero— de esos personajes rotundos y plenos que, en la escena que los reúne alrededor de una sepultura, son todo dolor y toda resignada aceptación.

Absorta en el ritual sagrado, abstraída de las circunstancias, de los hechos y de las causas que determinan su contenido patente y el hondo simbolismo de su re-presentación, la pintura de José Colaj es, sin embargo, un documento auténtico de la cultura indígena de Guatemala en los tiempos actuales.

Ahora que el artista ha muerto y nosotros los espectadores vivimos con respecto a él el tiempo místico del luto, nos corresponde el ritual de repasar su obra, de volver a ver sus cuadros que hoy, en el contexto luctuoso de ese homenaje, no muestran su destino público y triunfal sino su origen íntimo, y la gravedad definitiva y trascendente que de pronto han asumido, libres también ellos de las incertidumbres y las ambigüedades de los afanes cotidianos de José Colaj, su inolvidable autor.

Los pequeños cuadros que su familia ha reunido para honrar la memoria del artista nos revelan, en efecto, la visión poética, la iluminación casi mística que está en el origen de su trabajo, que a partir de esos momentos íntimos se desarrolla con aquel sentido de responsabilidad que define al artista integrado a su comunidad. Estas pequeñas obras están muy cercanas al momento intenso y arrebatador de la visión poética que, podríamos decir, se imprime con cierta premura en superficies puestas a la mano del artista artesano: papel de lija que, como la vida misma, ha dejado sus asperezas en los roces incesantes, fatigosos y a veces fructíferos con el mundo: son, algunas, imágenes alucinadas y, otras, composiciones fervorosas y optimistas de la vida y la muerte en el campo, pintadas con innegable sentido ritual dentro de una atmósfera mítica que restaura una y otra vez las grietas del olvido y los fragmentos de la memoria.