El mal está en el sistema de la compra de medicinas


Oscar-Clemente-Marroquin

No hay que darle muchas vueltas a la renuncia de Francisco Arredondo como ministro de Salud Pública conocida ayer. El problema de esa cartera es, desde hace mucho tiempo, el negocio de la compra de medicinas y estoy convencido de que Francisco no quiso ser parte de un vicio que se ha venido manteniendo desde hace muchos años, y prefirió renunciar. Arredondo no necesita de esos negocios y no quiso ser parte del juego, pero lamentablemente no salió con toda la dignidad del caso, explicando el nivel de podredumbre que hay en los trinquetes que se hacen con la salud del pueblo, sino que pretextando enfermedad.

Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt


Yo vengo luchando contra los robos en salud pública desde los tiempos de Ramiro de León Carpio, cuando se institucionalizaron porque desde la misma cartera de Salud se consolidó una mafia que estableció mecanismos precisos para que toda compra que se hiciera dejara enormes utilidades a funcionarios y proveedores, así como unos cuantos intermediarios que entraban en la jugada. Esa estructura dejó el paso a otros que vinieron en posteriores gobiernos y que sofisticaron más aún el negocio, al punto de que es ahora uno de los grandes atractivos del ejercicio del poder, apenas comparable con los negocios en construcción de obra pública, de abastecimientos de armas o comida y las concesiones mineras y petroleras.

Antes de que asumiera Arredondo el cargo platicamos sobre el desafío que representaba ir a componer un desaguisado de ese calibre y el tipo de apoyo político que necesitaba para avanzar. Él sabía perfectamente a qué se iba a enfrentar y me manifestó su disposición de ir de frente contra las mafias, confiando en que podría disponer de suficiente apoyo para librar su particular lucha. Yo le dije que no era moco de pava lo que pensaba, puesto que era tocarle literalmente los faroles al león y que no sólo necesitaría un indiscutible y absoluto soporte del Presidente y Vicepresidente, sino también de cuadros comprometidos que velaran por la pureza de las compras. Entiendo que no pudo contar con esos colaboradores honestos a carta cabal y que tampoco fue así como para decir “qué bruto” el apoyo que terminó recibiendo. Y eso, me imagino, le hizo renunciar pero de una manera fácil, argumentando problemas de salud para no salir peleando ni con el gobierno ni con el empresariado del que forma parte y que eventualmente podría ver en él a un potencial candidato presidencial.

Es justamente ahora, con la renuncia de Arredondo, que Pérez Molina tiene que jugarse con el negocio de las medicinas con la firmeza y claridad que se ha jugado en el tema de las drogas. Así como puso una verdadera pica en Flandes arrinconando al mismo gobierno de Obama con el tema del narcotráfico, tiene que actuar con esos mercaderes que han prostituido el tema de la salud pública para que apenas sea una fuente de negocio para los proveedores de medicina sin que importe cuánta gente se muere por déficit de atención en el sistema nacional. Es un negocio que literalmente llora sangre, porque causa la enfermedad y la muerte a muchas personas. Por eso he sido un comprometido toda mi vida en la denuncia de los pícaros que se hartan de dinero a costillas de la enfermedad de nuestra gente más pobre.

El poder de las farmacéuticas es tan grande que influyeron en diputados para aprobar la reforma fiscal siempre y cuando se reculara en la anulación de las compras de medicinas. No nos llamemos a engaño y entendamos que Arredondo terminó rindiéndose ante un gran poder. ¿Se rendirá usted también, general Pérez Molina?