Constancia


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Los Evangelios de Mateo (4:18-22) y Marcos (1:16-20) lo toman con mucha naturalidad. Para ellos, Jesús tan sólo tuvo que llamar a Pedro y Andrés y luego a Santiago y a Juan, ordenándoles que dejaran sus redes y lo siguieran. He ahí los primeros cuatro discípulos. Pero Lucas (5:2-11) cuenta algo más.

Mario Cordero Ávila
mcordero@lahora.com.gt


Para los primeros dos evangelistas, Jesús caminaba por el mar de Galilea, y unos pescadores echaban la red al lago. Los hijos de Zebedeo (Santiago y Juan) también dejaron la barca y al padre, siguiendo a Jesús, haciendo alusión, quizá, a que Pedro y Andrés no tenían un padre a quien cuidar, porque ya eran mayores.

Lucas, en cambio, se extiende un poco más. Aparentemente, estaba amaneciendo y los pescadores habían pasado toda la noche tirando las redes. Las barcas vacías y los gestos de los pescadores eran evidentes. Según cuenta, había dos barcas vacías; probablemente, la mayoría de pescadores no se había levantado aún, porque era muy de mañana. Otros también se habrían levantado muy temprano, o quizá trabajaban desde la noche anterior, pero habían tenido “suerte” y estarían ya descansando en su casa.

Pero Pedro y Andrés no; tampoco Santiago y Juan, que con la barca de su padre, Zebedeo, quien quizá estaba descansando, estaban ya lavando las redes para volver a casa, aparentemente sin haber pescado nada.

Jesús, entonces, vio las dos barcas sin peces, y se subió a una, solicitándole a Pedro que se alejara un poco de la orilla. De esa forma, podría dirigirse a sus seguidores desde un escenario improvisado.

Pedro y Andrés accedieron, quizá pensando en que ganarían un poco de dinero. No se dice qué dijo Jesús, pero quizá los pescadores se vieron sorprendidos, sobre todo porque aceptaron las siguientes solicitudes de Jesús y en el tratamiento que le dieron.

Jesús pidió: “Lleva la barca hacia aguas más profundas, y echen allí las redes para pescar”. Me imagino el rostro de Pedro y Andrés, que habían pasado toda la noche tratando de pescar, sin ningún resultado.

A veces me siento así, sobre todo en nuestros países tropicales, cuando se trata de ser honrado y bueno con los demás. A veces da mucha frustración ver la corrupción rampante, los beneficios monetarios de quienes deciden no seguir el buen camino. Quizá sería más fácil aprovecharse de la ignorancia, y cómodamente ganar dinero y vivir sin penas. A veces, la vida parece que es más fácil para los demás.

Pero para el común de los mortales, como usted y yo, andamos por la vida agobiados, como que si hubiéramos pasado pescando toda la noche, pero siempre sin ningún centavo en la bolsa ni en el banco.

A veces también llega un golpe de suerte. Seguramente, Pedro y Andrés vieron cómo un colega pescador decidió lanzar redes en otro sector de lago, y retornó con la embarcación llena. ¿Por qué no se les ocurrió pescar allí? La lógica decía que tenían que pescar donde Pedro y Andrés probaron. Pero a veces no hay lógica, sino simplemente probar. Pero, ¿por qué si nos esforzamos igual, otros tienen mejor recompensa?

En todo caso, por qué no haberse quedado descansando en la casa, como esos otros pescadores, que igual no tenían nada por la mañana, por quedarse descansando, pero por lo menos durmieron, abrazados de su mujer.

Pero no, a veces nos sentimos como Pedro y Andrés, sin dinero, con deudas, y, peor aún, desvelados y cansados, y con una vida y una moralidad que te pide que se lance de nuevo la red, una y otra vez.

Quisiera imaginarme a Jesús observando a los pescadores, y fijarse en esos dos cabeciduros, tal y como confirmaría después que lo era Pedro, y observarlos tirar, una y otra vez, la red, y verles la cara de frustración porque no pescaban nada.

Sí, a veces nos sentimos así, pero la vida no es suerte. La vida no es constante ganancia; al contrario. No consiste en tirar las redes y sacarlas casi rompiéndose por tantos peces. La mayoría de las veces no sacarás nada, y lo peor, es que las probabilidades son tan pequeñas, que lo más probable es que haya más tiempos malos que buenos.

Pero si así es la vida, debemos tener la certeza que sólo pescará el que es constante. El que a pesar del cansancio, sigue tirando la red. Y cuando todo esté sin sentido, cuando no haya esperanzas de nada, algo nos dirá: tíralas otra vez. A veces lo sabemos, pero preferimos obviar esa voz interior y dormir.

En cualquier empresa, en cualquier plaza laboral, es preferible siempre el constante, que aunque sea en forma lenta o muy pobre, entregue su aporte con regularidad. Es peor el aporte irregular del inconstante, aunque a veces haga bien su trabajo, con brillantez y genialidad.

Y aún a pesar del cansancio y de la frustración, Jesús les dijo que la tiraran otra vez. Pedro y Andrés quizá las tiraron para no contrariar. Quizá ya ni siquiera tenían esperanzas. Pero dice Lucas que las redes se rompieron de tantos peces, y la barca se llenó tanto, que tuvieron que llamar a la barca de Zebedeo, con sus dos hijos, para que les ayudaran.

Picasso lo decía de otra forma: “Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando”.