La democracia es un sistema que demanda la participación responsable y continua de los ciudadanos en la gestión pública, pero que encuentra en las elecciones su manifestación concreta mediante el derecho a elegir y ser electo. Hoy, el Tribunal Supremo Electoral de Guatemala ha convocado a los ciudadanos del país, es decir a sus habitantes mayores de 18 años, a participar en las elecciones generales a celebrarse el 9 de septiembre para elegir al Presidente y Vicepresidente de la República, a los diputados al Congreso, a los Alcaldes y a los integrantes de las Corporaciones Municipales.
En otras palabras, todo el poder civil será relevado el año entrante como consecuencia de la soberana decisión de los electores que deberán expresar sus preferencias en las urnas. Y cuando señalamos las características de la democracia y hablamos de la participación responsable y continua, pretendemos hacer énfasis en que el ciudadano no puede tomar a la ligera ni de manera superficial el ejercicio de sus derechos políticos porque, a la larga, en sus manos está el futuro del país.
Cierto es que no es una elección perfecta sino que por las necesidades del sistema nos vemos obligados a elegir entre un puñado de candidatos que reunieron los requisitos para ser postulados por algún partido político. Eso nos ha obligado muchas veces a emitir el sufragio no por el mejor, sino por el menos malo de los aspirantes y posiblemente para muchos esa constante se mantenga en este proceso. Pero aun eligiendo al menos malo tenemos que actuar con civismo y responsabilidad, porque ese voto individual nuestro se sumará al de cientos de miles de ciudadanos para marcar el destino del país en los próximos cuatro años y está demostrado que un cuatrienio es demasiado tiempo para perderlo lastimosamente.
Hemos querido insistir en que los guatemaltecos somos poco exigentes para reclamar a los dirigentes seriedad y un compromiso claro y que eso se traduce en elecciones en las que más que un mandato, como corresponde en la democracia, estamos dando un cheque en blanco para que el electo haga lo que le venga en gana. Para terminar eso existe ese complemento de la participación continua que no se limita a votar el día de elecciones, sino a asumir nuestro papel ciudadano con una permanente presencia en la vida cívica y política del país.
Convocados a votar como ciudadanos responsables que participan continuamente en la vida nacional, es un honor y la culminación de ese permanente papel activo en la sociedad. Pero ser ciudadano cada cuatro años y pensar que al introducir la papeleta cumplimos nuestro deber, es la negación de la auténtica y profunda democracia, por lo que debemos entender que nuestra responsabilidad va mucho más allá para que realmente el futuro del país esté en nuestras manos.