Hace alrededor de veinte años no me daba una vuelta por Cuilapa, cabecera del departamento de Santa Rosa. Fui recientemente a conocer sobre lo ocurrido a Cuilapa en agosto y septiembre de 2011 y aprovechar para visitar a una amiga pensando que, como cantó Carlos Gardel “Que veinte años no es nada, que feliz la mirada…” y así encontré a Blanqui, con su mirada feliz y atareada, como siempre, en su Boutique para damas, caballeros y niños.
Cuilapa no tiene muchas señales de lo ocurrido hace pocos meses. Las personas viven sus vidas normalmente, aunque en la memoria colectiva permanece lo ocurrido el 24 de agosto y el 19 de septiembre de 2011 en esa pacífica población de gente optimista y que lucha con ímpetu por su propio desarrollo. Charlé con varias personas sobre las tragedias de agosto y septiembre. Sin embargo, encontré la Revista Cuilapa que, en dos artículos escritos por Abel Mizraí Álvarez Gonzáles y César Morales de la Rosa, hallé la narrativa de la secuencia de la inundación y el terremoto ocurridos en Cuilapa ese agosto y septiembre de 2011.
Los desastres en Cuilapa fueron la inundación el 24 de agosto y, menos de un mes después, el 19 de septiembre, el terremoto, que el Insivumeh calificó de “enjambre de temblores”, pero quienes lo vivieron afirman que la tragedia sísmica fue minimizada por “los mentirólogos del Insivumeh”.
Cuilapa aprendió una lección a un precio muy elevado. La inundación se debió, en gran parte, al descuido de la población y de las autoridades municipales y de Gobernación, quienes deben velar porque el funcionamiento de la ciudad marche en óptimas condiciones para el beneficio colectivo. César Morales de la Rosa en su escrito lo detalla así: “A las 18:30 horas empieza a llover, tampoco pintaba para un gran aguacero, a pesar que el cielo se fue poniendo con un manto tenebroso, encapotado –dicen los mexicanos-; aquella lluvia pertinaz de repente se convirtió en tormenta y a las 19:40 horas ya era un diluvio y el río reniega el descuido de la población que durante los 365 días del año no solo desfogan sus aguas servidas sino también le cargan con basura.
Sube el nivel del agua, se oyen ruidos y cuando el río suena es porque algo lleva: rodaban piedras y troncos que habían sido arrancados de tajo por la furia de los elementos… Empezó entonces a salirse de cauce (el río) y así fue como El Llanito, a la altura de Shekina, inicia socavando las bases de algunas construcciones y arrastrando cuanto encuentra hasta llegar a Los Almendros donde pasa llevándose un predio de carros, no sin antes arrancar de tajo varias viviendas y cobrar las primeras víctimas.”(sic)
Cuilapa sufrió dos desastres juntos, uno tras otro. La naturaleza se ensañó, pero Cuilapa aprendió lecciones importantes y ahora el sol y el calorcito típico de Cuilapa sigue igual en esa ciudad de la boca costa del Sur de Guatemala y los editores de la Revista Cuilapa no perdieron su buen humor para escribir. En la sección “Cushinadas” escribieron lo siguiente: 1) Cuilapa sin agua, sin parque, inundado, terremoteado, pero bailando con la Tuneca. 2) A Nito lo deportaron del Norte y Pedro le preguntó que cómo le había ido, mirá le dijo: “Allá, Los Ángeles es una ciudad grandísima y chula, pero lo que me cayó mal fueron dos cosas, la discriminación y tanto negro de la chingada que hay.” 3) Si ganaba la mujer de Arzú iba a haber Pupusas solidarias. (sic) ¡Un saludo cordial a los cuilapanecos!