La inútil confrontación


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No han terminado de cumplirse los primeros 3 de 48 meses de gestión y ya asoma lo rancio que produce la intolerancia pronunciada, la confrontación persistente. Las aguas políticas están agitadas y también enturbiadas. El tono de la confrontación pareciera que se estuviese produciendo en medio de una campaña proselitista, por hoy, demasiado anticipada.

Walter Guillermo del Cid Ramírez
wdelcid@yahoo.com


Con mucha preocupación observamos el devenir del desempeño de la dirigencia política nacional. La semana pasada mencionaba anhelante al finalizar la columna que: “ojalá (que) quienes dirigen la cosa pública puedan encontrar la ruta hacia nuevos derroteros, de lo contrario seguiremos en el laberinto de nuestras confrontaciones. Llegando a toda prisa a ninguna parte.” Hoy parece que he de asumir que en efecto estamos corriendo para seguir confrontados, intolerantes, autoritarios, obcecados por nuestra particular forma de entender nuestro entorno. El gobierno central está perdiendo en forma continua. El desgaste en el Congreso no hace sino acentuar un sinsabor a hastío. A incomodidad. A rechazo. Entonces es un perdedor más. No es de “nosotros” los buenos, “ustedes” los malos. No es de “blanco” contra “negro”. No es tan simple.

En tanto el prominente claustro de magistrados no se pronuncie en definitiva, el tema de si hubo o no culminación de la interpelación al ministro Centeno, tendrá partidarios en uno y en otro sentido. Yo tengo mi particular opinión. Pero la cosa, el problema de fondo va más allá de eso. Por ello al hacer un profundo recuento, resulta que los principales perdedores son los políticos confrontados, pero también los otros políticos que callan sin plantarse como dirigentes que proponen soluciones. Los grandes perdedores son los temas que no se discuten, que no se atienden, que no se aprueban. Y finalmente, los otros perdedores con esos perdedores, somos todos nosotros. Un escándalo más que no escandaliza ha sido ironizado. ¿Pero qué podemos esperar entonces? ¿Hemos de seguir contemplando este tipo de escenas que parecen ironías propias del absurdo más irreverente? ¿Y si es así, entonces, de qué nos quejamos?

La única intolerancia admisible es hacia la mediocridad, hacia la corrupción, hacia la confrontación. El diálogo a puertas cerradas es cosa del pasado, es inaceptable en estos tiempos en los que se aboga por la transparencia. En consecuencia es oportuno replantear el actuar de cada quien y es necesario que se planifique con más tino que con arrogancia, el conjunto de temas que habrán de desarrollarse para superar la problemática del país. Es necesario que se produzca un diálogo con la mayor cantidad de testigos. Que se fijen las reglas más elementales que puedan ser aprobadas por todos, pues a mi juicio, con un sistema político que ha demostrado su total inoperancia, no podemos seguir esperando cambios, si no nos atrevemos a impulsar los cambios en las reglas que nos rigen. Se aproxima un tradicional receso en el rumbo de la cotidianidad. Ahora más que antes, este lapso debe ser empleado para una profunda reflexión y un pronunciado replanteamiento de lo que podemos hacer, de lo que podemos esperar en cuanto a la necesidad de solucionar la problemática y reflejar los cambios que el país necesita, que la población demanda. No es con exclusiones como se ejercita la representación de la unidad nacional. Así no es la cosa. Pero tampoco es con condicionamientos expuestos con sorna que se alcanza credibilidad.

La confrontación es el más inútil de los recursos en el accionar político. La confrontación perjudica en alto grado al que la promueve. Pero ahora y ante la magnitud de la crisis que nos envuelve, la confrontación nos hace perder a todos la posibilidad de encauzarnos hacia el desarrollo, hacia el progreso. Este es un momento histórico que amerita ser abordado de manera propositiva, no de la manera sesgada en la que se manejó por más de 30 años el conflicto armado interno. Perdone el apreciable lector mi insistencia, perdonen todos si me encuentro afanado en demasía con el diálogo, con la búsqueda de la concertación como medio para alcanzar fines superiores. Pero a estas alturas de la crisis, a estas alturas de la frustración creciente, me parece un absurdo encasillarnos en posiciones excluyentes, en promover de nuevo la exclusión, en acentuar la discriminación de unos respecto a los “otros”, a “esos”. Pero si lo que se antoja es continuar dando rodeos, merodeando la problemática sin abordarla en pleno, entonces, sí, ánimo, mantengámonos confrontados. Perdamos el tiempo y luego olvidemos que además de ello, hemos perdido oportunidades, hemos perdido momentos de impulsar verdaderos cambios que modifiquen el actual estado de cosas.