Varias veces he dicho que la ola de violencia criminal contra los dirigentes más destacados del país nos condenó a sufrir gravísimas consecuencias porque dejó a Guatemala en manos de la mediocridad. Entre esos líderes inmolados cruelmente, sobresale la figura del licenciado Manuel Colom Argueta, uno de los más destacados socialdemócratas no sólo del país sino del continente americano y cuya carrera fulgurante en la política del país fue abruptamente truncada en la mañana del 22 de marzo de 1979 cuando esbirros le dieron literalmente cacería en la zona 9 de la ciudad.
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Acaso el mejor ejemplo de cuán grave ha sido para el país el quedar huérfanos de verdaderos líderes, honestos y competentes, se da con el mismo Meme Colom, puesto que su apellido fue el factor esencial para que surgiera a la vida política un sobrino que nunca tuvo con él ninguna relación política y que aprovechando el parentesco fue escalando posiciones hasta convertirse en Presidente de la República. Hoy en día, cuando se menciona el apellido Colom, la mayoría de la gente lo asocia con la maltrecha figura del hombre sin carácter, mandilón al cubo, que tras ganar las elecciones resignó el mando en su mujer y no con el vigoroso líder, luchador por la justicia en la sociedad guatemalteca, que además fue un Alcalde visionario que nos dejó como legado un esquema director de ordenamiento metropolitano que debió ser la base del desarrollo ordenado de la ciudad de Guatemala.
Yo tuve la suerte de trabajar con Meme en la Municipalidad de Guatemala y de continuar con él la amistad que unió a nuestras familias por muchísimos años. Mi paso por la administración municipal constituye un punto fundamental en mi formación porque allí aprendí a convivir con la dramática realidad de Guatemala y principié a soñar con un país distinto, en el que se pudiera eliminar la exclusión y marginación para ofrecer oportunidades a todos los guatemaltecos. Pero también aprendí que no basta con soñar, sino que hay que darle sustento técnico y político a los planteamientos y junto al mismo Meme y profesionales como Alfredo Balsells, Rolando Andrade, Luis Hugo Solares, Roberto Mosquera, Alberto Solórzano y Roderico Segura, entre tantos más que sirvieron con dedicación y mística al municipio bajo el liderazgo de Manuel, aprendí enseñanzas de ética política y de compromiso de servicio que no hubiera podido adquirir en otro sitio.
No puedo terminar de lamentar los crímenes que nos arrebataron a dirigentes valiosos, tanto en la izquierda democrática como en la derecha, negándole al país la oportunidad de ser gobernado por personas talentosas y honestas. Me vienen a la mente nombres como el de Alberto Fuentes Mohr, de Jorge Torres Ocampo y de Manuel Colom Argueta como símbolos de una generación de refresco que en vez de ocupar el sitial que le correspondía para conducir la transformación del país, fueron inmolados junto a cientos de políticos democráticos que pagaron con su vida esa vocación de hacer algo por Guatemala.
Los asesinos que ejecutaron los crímenes y los que los ordenaron no tenían noción del daño que le estaban haciendo a la Patria porque nunca supusieron que la orfandad política a que nos condenaban tendría las consecuencias funestas que el país ha tenido que vivir. Nos quejamos por un sistema ineficiente y corrupto, pero el origen de ese sistema hay que encontrarlo en la mediocridad a que nos condenaron los esbirros que con placer cortaron tantas vidas valiosas. Y este aniversario de la muerte de Manuel es un momento oportuno para hacer ver ese daño irreparable, sobre todo porque en su caso su apellido sirvió para encumbrar a un preclaro ejemplo de la mediocridad y corrupción.
Yo, cuando se oiga el apellido Colom, quiero recordar el rostro franco y sin dobleces de Manuel y nos corresponde a sus amigos mantener latente su memoria.