Premio Niwano para la Paz


Eduardo_Villatoro

La primera vez que la vi fue cuando al frente de un reducido grupo de campesinos, entre hombres y mujeres, ingresó tímidamente a la casona de la zona 10 donde se había instalado la Comisión Nacional de Reconciliación, producto de los Acuerdos de Esquipulas que impulsaron el presidente Vinicio Cerezo y el vicepresidente Roberto Carpio, con el propósito de encontrarle salidas políticas a los conflictos armados que se suscitaban en Guatemala, El Salvador, Nicaragua y parcialmente en Honduras.

Eduardo Villatoro


Terminaba la década de 1980 y entre los esfuerzos que realizaba la CNR presidida por el ahora cardenal emérito Rodolfo Quezada Toruño, a la sazón Obispo de Zacapa, quien conjuntamente con el asesinado don Juanito Gerardi, entonces Obispo Auxiliar de la Diócesis Metropolitana, representaban a la Iglesia Católica en la mencionada instancia, entre las tareas –decía– impuestas por la Comisión se incluía la organización de un encuentro en el que participaran delegados de todas las esferas de la sociedad guatemalteca en el Diálogo Nacional. Yo fungía de secretario Ejecutivo de la CNR y del DN.

Los espacios se habían abierto a partidos políticos, cooperativistas, grandes, medianos y pequeños empresarios, indígenas, centros de estudios, exiliados, refugiados en México, desarraigados, iglesias, pobladores, organizaciones de periodistas y de usuarios y consumidores, comunitarios, el propio Gobierno, sindicatos, jubilados y pensionados, solidaristas, en fin, todos aquellos sectores que reunieran mínimos requisitos de representatividad, legalidad y legitimidad, para discutir en mesas de trabajo la diversidad de problemas que agobiaban y siguen afectando a la población en general, a fin de aunar ideas y proyectos y arribar a conclusiones y propuestas como alternativas a la guerra interna.

El CACIF se negó a participar.

Pues bien, aludía a la ocasión en que conocí a esa mujer de cuerpo aparentemente endeble, ataviada con su traje regional cakchiquel, calzando un par de gastadas sandalias o caites y llevando en sus brazos a un niño de meses, arropado con el reboso de su madre. Era doña Rosalina Tuyuc, quien a las pocas semanas de esa luminosa mañana cuya fecha precisa no recuerdo, demostraría sus dotes para sostener sus claros y firmes argumentos en defensa de la agrupación que presidía y que continúa encabezando: la Coordinadora Nacional de Viudas de Guatemala, que aglutina a un buen porcentaje de las víctimas indígenas de la represión militar de los gobiernos autoritarios y en esos días su esposo y su padre ya habían sido asesinados.

La señora Tuyuc sobresalió en las reuniones de trabajo del Diálogo Nacional y posteriormente en el escenario guatemalteco en general por su persistente lucha en reivindicar el recuerdo y la dignidad de los indígenas muertos o desaparecidos, aunque los acuerdos alcanzados en el Diálogo Nacional tras meses de análisis y discusiones fueran ignorados.

Traigo a colación esos pasajes, porque me he enterado por medio de la agencia de noticias IPS y de su acucioso corresponsal en Guatemala, Danilo Valladares, a quien no tengo el placer de conocer personalmente, que doña Rosalina será la primera mujer indígena que recibirá el prestigioso premio Niwano para la Paz, el 10 de mayo próximo en Tokio, la capital de Japón. “En reconocimiento a su extraordinario y obstinado trabajo para la paz como activista y líder de los derechos humanos” destacando que la señora Tuyuc “es un ejemplo inspirador de cómo las víctimas de la discriminación, basándose en su fe, pueden trabajar juntas para luchar contra las violaciones de los derechos fundamentales e invertir las causas que les han dañado tan profundamente”.

Rosalina Tuyuc es la más emblemática mujer guatemalteca que no se doblegó en su infortunio. Es toda una dama cakchiquel. A su valentía se suma su reconocida modestia. Mis respetos y admiración.

(No concedo espacio a un lector que sólo se identifica con las siglas J. P. porque sería dar cabida al anonimato).