Un escándalo que no me escandaliza


Oscar-Clemente-Marroquin

Hoy todo gira alrededor del escándalo que se armó en el Congreso de la República por la renuncia del ministro de Finanzas, Pavel Centeno, puesto que al haber sido rechazada por el Presidente de la República queda como una maniobra para interrumpir la interpelación que venían realizando los diputados de Baldizón. Y hay escándalo porque mientras Centeno afirma que no está dispuesto a perder su tiempo y perder el tiempo del país, el general Pérez Molina habla de chantaje con obras como uno de los objetivos de la interpelación y los diputados de Lider arman la tremolina para enjuiciar a tirios y troyanos.

Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt


Pero el escándalo no me escandaliza porque desde hace tiempo que yo vengo diciendo que el valladar para cualquier cosa buena en Guatemala está en el Congreso de la República que se ha convertido en nido de negocios personales en medio de los cuales el interés nacional sale sobrando. Y los hechos simplemente me confirman que aquí en Guatemala nunca tendremos una correcta legislación contra la corrupción porque poner a los diputados a aprobarla es como pretender que amarrando los chuchos con longanizas los vamos a mantener controlados.
 
 Puede sonar demasiado exagerado pero es una realidad incuestionable: mientras no encaremos la porquería que hay en el Congreso, no esperemos que haya resultados diferentes. El gobierno actual y los que vengan se pueden pasar cuatro años en dimes y diretes con los diputados que nada bueno se va a lograr porque la estructura misma de nuestro poder legislativo se corrompe cuando las curules se ponen en venta. El comprador, es decir el diputado que resulta electo, no tiene otro propósito ni objetivo que el de recuperar con abundantes creces su inversión porque, al fin y al cabo, para eso fue que metió pisto en la campaña. Por ello hay pacures y listados geográficos de obra y por ello es que los diputados son los verdaderos padres de la extorsión en la que han sido tan diligentemente copiados por los mareros y malvivientes.
 
 La interpelación es un mecanismo de control establecido en la Constitución, pero se desvirtuó para convertirla en un instrumento del filibusterismo parlamentario. Ningún ministro que se respete puede sentirse cómodo de ser interrogado por una partida de ignorantes y de largos que no tienen más propósito que el de perder el tiempo. Distinto sería que a un ministro lo interpelaran diputados como Muñoz Meany, Manuel Galich, Víctor Manuel Gutiérrez, Vicente Díaz Samayoa, Jorge García Granados, Federico Carbonell, Jorge Skinner Klée, o José García Bauer, para no citar sino a algunos de los más conspicuos, pero trate usted de seguir el curso de una de las interpelaciones de hoy y verá la soberana pérdida de tiempo que se produce en el ejercicio de esa función.
 
 Y como el PP hizo lo propio cuando fue oposición, aquí resulta que todos comparten las mismas mañas y por ello es que resulta tan difícil esperar que se componga el problema.
 
 Haría falta un gobernante que le explique al pueblo con los pelos de la mula en la mano por qué es que sostiene que la misma es parda y así proceder a una especie de reingeniería de nuestro sistema político. Mientras tanto, acostumbrémonos a ir viviendo de escándalo en escándalo, hasta que la gente, como me pasa a mí ahora, ya no se escandalice por tanto alboroto y entienda que es absolutamente normal lo que ocurre porque no elegimos representantes sino son ellos los que compran sus curules y como buenos hombres de negocios, se preocupan por recuperar su inversión. Eso sí, cuando al fin se discutan las leyes contra la corrupción, saldrá algún churro que, como la propuesta para “legalizar los fideicomisos públicos”, cambian todo para que nada cambie.