Una ficción, una sombra, una ilusión


Eduardo-Blandon-Nueva

Usted le ve la cara a Alejandro Jiménez, el Palidejo, y casi puede contemplar a un ángel dibujado en su piel.  Tiene un rostro seráfico, digno de la Capilla Sixtina.   Y sin embargo, según lo que hasta ahora se sabe, es la personificación exacta de un espíritu del averno.  Un alma malévola en donde no hay espacio sino para el odio, la avaricia y la violencia.

Eduardo Blandón


Suele suceder.  Hace muchos años, cuando por azares del destino me tocó llevar el Evangelio a las cárceles, era habitual encontrarme con personas siniestras con apariencia cándida.  En Pavón, por ejemplo, les preparábamos para la primera comunión, formábamos coros para cantar a Dios y les ofrecíamos el viático del cielo.  Verlos haciendo oración, inclinados frente al Pantocrátor, era una visión surrealista, mágica, milagrosa.  Entonces creía en la conversión de los hombres y la indulgencia infinita de Dios.
 
No sólo hombres perversos vi en estado de éxtasis religioso, hablando en lenguas, imponiendo manos y hasta haciendo exorcismos, sino también a mujeres.  Mi paso por el Centro de Orientación Femenino (COF) me hizo ver a mujeres inflamadas de fervor religioso no importa qué hubieran hecho: asesinado a su marido, traficando drogas o extorsionando en los barrios. El hecho es que también lo espiritual hace lo suyo en esos centros del Demonio.
 
El Palidejo no es la excepción.  No me extrañaría que fuera devoto de la Virgen de los Ángeles y que desde pequeño haya participado en largas peregrinaciones para rendir homenaje a la imagen santa de Cartago.  Es que esa cara de “yo no fui” no es improvisada.  Hay líneas en su rostro que demuestran espiritualidad perdida.  No sabemos si se encomienda a Dios cada vez que emprende un proyecto malévolo, si tiene sus santos y pide eventualmente perdón a Dios por sus actos impíos.
 
Así somos los seres humanos de contradictorios (aunque no todos seamos copia de esta ánima del diablo).  Pedimos en lo secreto de nuestro corazón un accidente casual para nuestra esposa, un maleficio para nuestro jefe, una catástrofe para el vecino.  Somos perversos.  Solemos ser infelices como el que más (aunque no como el Palidejo, me parece). Luego, súbitamente, nos convertimos al llegar la noche. Nos ponemos de rodillas con nuestros hijos, hacemos la señal de la cruz y elevamos los ojos al cielo: la hipocresía se ha hecho carne nuevamente.
 
De modo que la experiencia demuestra que no hay que fiarse en la candidez de los rostros compungidos.  Atrás de una faz llena de bondad y belleza, se puede ocultar el mismo Satanás, esperando un descuido para ensartarnos la espada en nuestra espalda.  La desconfianza debe ser nuestra insignia de vida y la sospecha nuestro baluarte principal.  Rubén Darío ya había cantado triste al desconsuelo de la fe:
 
     Pues a su continua ternura
     una pasión violenta unía.
     En un peplo de gasa pura
     una bacante se envolvía.