Algunos amigos míos que leen mis artículos, cuando abordo un tema relacionado con la guerra interna ocurrida durante 36 años, insisten en argumentar mañosamente que el Estado (no especifican que los gobiernos autoritarios encabezados por militares), al atacar a las fuerzas insurgentes no hizo más que defender la institucionalidad y la soberanía nacional ante “la arremetida de los comunistas”.
Estos lectores como que no se han actualizado en sus informaciones, si es que logran terminar de leer algún libro que se refiera al conflicto armado interno, porque se han quedado estancados en la segunda mitad del siglo anterior, persistiendo en repetir consignas de las dictaduras de la época, que sostenían sin fundamento consistente que la lucha era en contra de la “subversión comunista” , aunque, como se ha demostrado documentalmente, las víctimas de la salvaje represión fueron mayoritariamente grupos de la población civil, especialmente etnias que eran ajenas al enfrentamiento militar.
Tampoco logran entender que el movimiento insurgente surgió en las propias filas del Ejército, encabezando jóvenes militares que se rebelaron contra sus superiores que se habían corrompido y eran marionetas de la oligarquía, además de que no comprenden que varias corrientes populares, entre estudiantes, obreros, campesinos, intelectuales y políticos no marxistas leninistas se vieron obligados a ingresar a los núcleos de la clandestinidad y a apostar por la vía armada, porque los gobiernos presididos por militares cerraron los espacios del debate y la controversia a todos los grupos sindicales, estudiantiles, gremiales, académicos y otra índole que no se plegaran a los dictados de la casta facistoide gobernante.
Algunos dirigentes opositores socialdemócratas y socialcristianos, sin embargo, se negaron a enrolarse en las filas guerrilleras, pero no para hacerle el juego a un falso concepto del hipócrita y sanguinario sistema prevaleciente, sino porque no se dieron por vencidos y con el soporte de sus postulados eminentemente progresistas y genuinamente democráticos, perseveraron en la oposición desarmada, a sabiendas de que sus vidas pendían de un delgado y frágil hilo conductor hacia la muerte.
Entre los miles de guatemaltecos sacrificados por la gorilocracia sobresale la figura de Manuel Colom Argueta, el visionario y valiente líder del Frente Unido de la Revolución, quien fue Alcalde del municipio de Guatemala, asesinado por un escuadrón militar el 22 de marzo de 1979, cuando conducía su modesto automóvil en el crucero de la 15 calle y 3ª. avenida de la zona 9.
El miércoles 22 de este mes, al conmemorarse la inmolación del alcalde mártir, se realizará un programa de homenaje que se inicia a las diez de la mañana en donde cayó abatido; luego, misa en el Cementerio General y colocación de ofrendas florales en su tumba, y a las 16.30 horas acto académico en el Paraninfo de la Usac.
(Al recordar a Colom Argueta, el bíblico Romualdo Tishudo parafrasea el libro de Proverbios: -Abre tu boca por los que no tienen voz, en el juicio de todos los desvalidos… y defiende la causa del pobre y del menesteroso).