Es un «contacto» bien conocido en el puerto de Nuadhibu (Mauritania). Por la noche, los migrantes listos a embarcarse entran a su choza tapizada con papel periódico y cuentan con él, en su cama, los 150 mil ouguiyas (700 dólares) pedidos para el viaje.
«Y este es mi último combate», dice el hombre de unos cincuenta años al mostrar sorpresivamente una lista redactada con su letra el 2 de octubre. Están inscritos 12 nombres, Doro, Abdulay, Issa, Usmane, etcétera y 12 veces el número «150 mil»…
«Llegaron a las islas españolas de Canarias», dice este mauritano que pide el anonimato, vestido con una túnica blanca raída, miserable sólo en apariencia, mientras explica que contribuyó a la partida de la embarcación justo tras el golpe de Estado militar del 6 de agosto.
Sin embargo, en Nuadhibu, «ya nada es como antes», se queja. Nada es ya como «hace tres años».
«Antes, dábamos sólo de 200.000 (666 euros) a 300.000 ouguiyas (1.000 euros) a los gendarmes de bajo rango para que dejaran salir el cayuco. Ahora, damos hasta 800.000 (2.666 euros) a su jefe… Y por eso fletamos cayucos viejos…»
Añade que «antes los clientes venían a buscarnos, ahora nosotros buscamos a los clientes… Hay más concurrencia… ¡Y muchos tienen miedo de hacerse estafar por pasadores que «se comen» la plata antes de hacer partir a la gente!».
«Se están pagando cayucos malos, que no están bien. O se le dice al capitán «toma la gente, les das un paseo y luego regresas»», explicó.
Y aunque no suelen hablar mucho de sus fracasos recientes, el contacto reconoce que desde que «comencé en 2005 a participar en la organización de travesías, dos personas murieron en el mar. Tal vez estaban fatigadas».