«Se tarda menos en hacer una cosa bien que en explicar por qué se hizo mal.» Henry Wadsonrth Longfellow
Represión, dictadura militar, violación de los derechos humanos, trabajos forzosos, segregación, represión brutal, gobierno en el exilio, gobierno ilegal, premio Nobel de la Paz. Todas estas variables dignas de una película de ciencia ficción a lo mejor de terror pertenecen en plena modernidad a Myanmar, antigua Birmania.
Rodeada por China, Laos, Bangladesh y Tailandia y con costas bañadas por el mar de Bandaman y la bahía de Bengala, esta República con unas seis veces de extensión superior a la de Guatemala, similar a la Centroamérica, se ha visto virtualmente «en el ojo del huracán» no solamente mediático a raíz de una serie de acontecimientos políticos y naturales que en los últimos meses han centrado nuevamente la atención en el llamado «Triángulo de oro».
Una nación considerada dentro de las diez más pobres del mundo, con el peor sistema sanitario del continente asiático y media población viviendo con menos de un dólar al día, afronta en estos momentos de devastación evidenciados por el huracán Nargis una situación apocalíptica que irónicamente contrasta con la opulencia y una neurótica concepción del poder de la Junta Militar que gobierna esta empobrecida unión de 14 Estados.
Lo menos que tiene que hacer la comunidad internacional, los ciudadanos del mundo es olvidar una situación in extremis delicada. En estos días el Secretario General de las Naciones Unidas habrá de visitar luego de intensas negociaciones los lugares asolados por un fenómeno natural que evidencia la fragilidad de la estructura endeble de las ciudades asoladas.
Mas allá de la miseria y el dolor humano la visita del Secretario General de las Naciones Unidas debe ser vista como una reunión emblemática que trasciende la esfera de la simple reunión de donantes prevista para el próximo fin de semana.
La disminución paulatina de las tensiones por medio de la multilateralidad parece ser la opción más sensata en estos momentos, ante un régimen inflexible y radical la diplomacia a varias bandas para ser más efectiva que los bloqueos rígidos que no hacen más que perpetuar el hambre y la miseria en el pueblo birmano.
Las lecciones aprendidas a lo largo de los años han demostrado que la política exterior inflexible produce resultados contraproducentes para quien la aplica.
Permítame citar una apuesta interesante, los procesos a varias bandas pueden producir más avances que retrocesos, basta citar el caso palestino e israelí, Corea del Norte.
Para el bien de Myanmar, esperemos que de esta desgracia natural resulten resultados positivos y que la posibilidad de apertura pueda llegar acompañada de solidaridad.
Politólogo con orientación en Relaciones Internacionales y estudios de post grado en Política y Derecho Internacional.