Ahí estaban, como en aquella mañana nublada de enero de 1970, esperando, oteando hacia adentro sin saber qué ver, medio tiritando por el frío y de la neblina; mezclados con un montón de patojos como ellos, casi todos desconocidos.
La sensación de ansiedad era profunda; el miedo a lo desconocido era notorio; las historias sobre ese histórico edificio educativo eran fantásticas. Luego de cruzar la enorme puerta de rejas, se hizo un llamado a formarse en el patio y un profesor inició la lectura de cada uno de los estudiantes y sus respectivas aulas. La sección “D” del primero básico, me integró a un aula específica con un montón de compañeros desconocidos, nos condujeron hacia un área fuera del patio central e ingresamos al llamado “gallinero”, nuevamente un patio y enfrente un caserón amarillo con láminas de tejalita, era nuestra aula. Al ingresar me llamó la atención que en el lugar había dos pizarrones y luego de instalarnos en donde pudimos, inició la clase de Idioma Español por la maestra Luz América Duarte. Se iniciaba una aventura de vida que terminaría por hermanarnos para siempre con muchos de esta promoción que ingresó al glorioso Instituto Nacional Central para Varones en el ya lejano 1970.
Y efectivamente ahí estaban, 42 años después, ansiosos nuevamente por el reencuentro, totalmente carentes de miedo, ya ese espacio temeroso se rebasó para llegar a la consolidación de una amistad interminable, entrañable y cercana. Nos esperaba una bandera del instituto, con un blanco profundo de fondo y dorado en las orillas y en medio el escudo de esta gloriosa y querida institución. Sergio Mejía, el Muñeco, el organizador del evento saludaba a cada nuevo personaje que arribaba. Giovanni Marroquín el anfitrión de honor, al igual se congraciaba en un abrazo con cada nuevo amigo que se presentaba a la celebración.
Carlos el Pelícano Monroy ya estaba ahí con su playera del instituto, arreglando la bandera y esperando ansiosamente al resto de la banda. Luego arribamos René de León, la Abuela; Gustavo Estrada, el Oso; Plinio Tánchez y quien escribe. En el trayecto al lugar del evento, Plinio nos mantuvo entretenidos contándonos anécdotas y charadas que le habían ocurrido recientemente, como un preludio al mar de carcajadas que nos tocaría vivir en este hermoso reencuentro. Poco a poco fueron llegando; Víctor Hugo Mansilla, el Peludo, con su inolvidable sonrisa y sus infaltables bromas; Víctor Hugo Monzón, el Trompudo; luego el Mono Ocaña; Rolando el Choco Morales; Pío Alberto Uclés, el Ché Viejo; Taracena el Chaviño; Tono Lepe; Néctor Pistola Magariño; Moisés Juárez, El Loro; Danilo Flores; Héctor el Choco Rosas; el Querubín; Leonardo; César Román, el Pache; Pozolón y Edgar Raúl, el Chiripa Toledo, a quien me agradó verlo después de muchos años.
La música de aquellos años sumado a boquitas y tragos presentes crearon un ambiente que permite retrotraer al presente anécdotas y recuerdos del pasado, momentos inolvidables que permitieron tejer una telaraña que unió para siempre a un grupo de patojos, que hoy –aún más patojos-, se dedicaban a repasar nombres, profesores, lugares, jugadas, novias, amigos en común, barrios, buses, bares y espacios que antaño nos cobijaron y nos permitieron convivir y establecer una fraternidad inquebrantable.
El retorno hacia aquellos días demarcados por ser un grupo de patojos que no ostentaban ningún interés que les hiciera prevalecer sobre nadie, simplemente estudiar y vivir intensamente aquellos días y hoy a la vuelta de 42 vivarachos añitos, se reencontraban sin miramientos de profesiones, posesiones, intereses, posiciones y atesoramientos, para retornar a lo sencillo, lo simple, lo agradable. Las bromas; interminables; las charadas, infaltables; lo irreverente; indiscutible. No se podía demostrar mayor amistad en el reencuentro cuando privó únicamente reiterar la amistad de aquellos años de adolescencia, con la madurez de hoy, pero bajo el sustento de no olvidar ese perfil irreverente que nos caracterizó a todos y que lo plasmamos en esa tarde inolvidable, alegre, parrandera, juvenil y fraternal.
Al rememorar cada momento vivido dentro de ese espacio de tiempo de 42 años, no me queda más que agradecer a la vida por todos ellos mis amigos Shecas y reiterar el juramento sagrado de bolos, pronunciado en el tapanco de una tienda en la 10ª. avenida de la zona 1, en la noche de la fiesta del instituto del año 1974, junto a varios de los que nos vimos 42 años después, de ayudarnos y colaborar mutuamente con cada uno de los que asistían a ese excelso banquete y en ese rupestre, pero inolvidable lugar. Salud muchachos, por una amistad para la eternidad. Frente altiva y corazón rebelde, por siempre.