Vengo oyendo del 20 de Octubre de 1944, desde que tengo memoria, porque nací en el seno de una familia de clase media, que simpatizaba con ese movimiento cívico-militar que transformó Guatemala. Mis padres me contaban sus experiencias directas de cómo era nuestro país antes de esa fecha. Era una Guatemala de silencios, de tiranos, de “orejas”, de esbirros, de miedos generalizados. Nadie podía hablar y se vivía una paz de cementerios. Había una minúscula clase opresiva, que se oponía a toda conquista democrática, y un gran pueblo hambriento, sediento de justicia, ansioso de conocimientos.
Eran, aquellos, tiempos de oscuridad para la inteligencia. Estábamos como enclavados en el siglo XIX, más o menos cercanos a la mitad del XX. Casi no había industrias. Y una de las primeras áreas fabriles que apoyó el gobierno revolucionario, fue la del calzado. Fue así como surgieron numerosas fábricas y zapaterías, me cuentan, que generaron fuentes de trabajo y se vendieron por miles y miles los zapatos a bajo precio. Y el calzado llegó a la mayoría; que empezó a usar zapatos de cuero. Porque este, era un país de descalzos.
Y así, también, llegó a las mayorías la educación, pues se abrieron escuelas por todos los rincones y en especial, escuelas para formar maestros (las famosas normales) porque el proyecto era popularizar la educación, masificarla en el buen sentido de la palabra: llevarla a todos. Porque estábamos compuesto por un pueblo de ignorantes y esa realidad era aprovechada por los sectores conservadores, para seguir pagando una mierda de salario… si es que les pagaban, porque millares de guatemaltecos originarios, vivían en esos años, como presos en las fincas donde nacían y morían por generaciones. Muchos eran tratados peor que animales, otros como esclavos.
¿Eran comunistas quienes pensaban que había que cambiar el rumbo de esa Guatemala sumida en el atraso y la miseria? Yo tuve el privilegio de conocer al ciudadano Jorge Toriello, un hombre extraordinario, que se reunía todos los martes con un grupo cívico, aún en la década de los ochenta. Mi padre formaba parte de esos patriotas y me invitaron muchas veces a sus reuniones. Era fascinante oírlos conversar. El ciudadano tenía alcurnia y expresaba claramente que Jacobo Árbenz no había sido comunista, mucho menos su esposa, una bella joven salvadoreña de la familia Vilanova.
Así que, de uno de los Triunviros, escuché centenares de historias en interminables desayunos, en las que el centro de las discusiones era ¿Por qué Árbenz no había empuñado las armas, para defender la Revolución del 44? o bien, discutir el papel que jugó el coronel Arana en esos días. Directamente de uno de sus exponentes, adocenado por numerosos amigos de la revolución y compañeros de ideales revolucionarios… viví la historia contada por varios de sus protagonistas, pues siempre había otros invitados.
Mi contacto con la Época Revolucionaria en Guatemala, algunas de familia, otras de amigos cercanos y otras que llegaron hasta mí por medio de los libros, crearon un interés profundo por aquel movimiento que partió la historia de nuestro país en dos: antes y después del 44. Pero también -lamentablemente- dividió a los guatemaltecos: en familias completas de quienes valoran lo que aportó (en su justa medida a la modernización del país) y las familias que detestan la Revolución y a sus personajes centrales, porque sufrieron sus consecuencias políticas de una u otra forma.
Yo me confieso gran admirador de Juan José Arévalo, pero en particular manifiesto públicamente mi total adhesión a la figura emblemática de Jacobo Árbenz Guzmán, vilipendiado personaje de la Revolución del 44. Ojalá y algún día se le considere con la justicia que merece. En especial, por su sentido de libertad para Guatemala y la autonomía de su pensamiento.