Este suceso histórico arriba a sus 65 años, en una fecha trascendental, posesionado de los anales del país. En definitiva tienen protagonismo evidente dos etapas de honda proyección popular, a título de rebeliones con raíces potentes en diversas capas sociales. Momentos demostrativos del cansancio general en contra de gobernantes.
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Hastiada hasta el extremo la ciudadanía de los 22 años en que se entronizó la dictadura del ex mandatario Manuel Estrada Cabrera, lo defenestra el movimiento del unionismo. Tras una lucha que llega hasta el heroísmo del pueblo, sobre todo en el panorama cívico denominado La Semana Trágica, logran su expulsión del poder y es encarcelado.
Similar estado de cosas que mueve las olas se gesta en los inicios de junio de 1944. El presidente Jorge Ubico jamás entiende el descontento creciente, gracias a la «rosca» que lo oculta. Sin embargo, estudiantes universitarios encabezan acciones decididas al rescate de libertades y derechos conculcados, en abierto desafío.
En respaldo consiguiente entre otros segmentos ciudadanos, alcanza vigor al volcarse en manifestaciones, inclusive de damas vestidas de luto. La represión gubernamental abate a tiros policíacos y de la caballería, sin causar una marcha atrás, a civiles como María Chinchilla, mártir magisterial el 25 de junio, vivo ejemplo de valentía.
Razón de peso para materializar el pensamiento del líder Manuel Galich, quien puntualiza, en referencia al pueblo, que pasa: «del pánico al ataque». En ese marco, la madrugada del 20 de octubre se gesta la revolución. Ocupa en ese entonces la presidencia provisoria Federico Ponce Vaides. Su antecesor renuncia el 1 de julio de aquel año.
Por lo tanto, no debe confundirse los hechos relevantes del 44. El derrocamiento ya no fue de Ubico sino de Ponce Vaides, después de acciones de naturaleza popular. Militares con otra mentalidad, unidos con estudiantes, maestros, obreros y gente decidida libran enconados combates. El saldo; muertos en número considerable y heridos.
Datos históricos también sacan a luz que hubo comprometidos en la revolución octubrista. Mílites y universitarios encabezaron aquella gesta que derrumbó el continuismo gubernamental. El estratega fue el coronel Carlos Aldana Sandoval, empero a la hora decisiva, no estuvo presente. Todo queda entonces a cargo del mayor Francisco Javier Arana.
Su puesto dentro de la Guardia de Honor era jefe de tanques, cuya arma contribuyó en gran medida al triunfo. Enfilaron hacia el ahora llamado Centro Histórico, dirigiendo sus baterías al Palacio Nacional, sede del gobierno, así como contra el Palacio de la Policía, Cuartel de Matamoros y restantes instalaciones del poder en el filo de la navaja.
La cuna de la Revolución del 44 lo inscribe la historia en precisamente la Guardia de Honor. Allá acudieron a tomar las armas conocidos estudiantes sancarlistas agregándoseles gente del pueblo, desesperados por el estado de cosas. Hay que destacar que la Junta Revolucionaria de Gobierno la integran: mayor Francisco Arana, civil Jorge Toriello y capitán Jacobo Arbenz.
Ideologías recalcitrantes y cúpulas sabidas intentan restarle méritos, a tiempo de decir que fue un cuartelazo. De ser así, como un golpe de Estado repetido varias veces aquí y allá, no hubiese participado abiertamente la población mediante segmentos valederos.
Los medios publican notas y fotografías, sin embargo, adolecen de errores respecto a personajes y escenarios. A menudo en el pie de fotograbado suelen designar teniente al ex mandatario Jacobo Arbenz, siendo capitán, y también consagrado capitán, a Paco Arana, cuando era Mayor. Después ya en el gobierno arevalista fueron ascendidos al grado de coronel, ambos que conste.