La esperanza se perdió antes de tiempo, aunque las perspectivas a mediano y largo plazos pudiesen permanecer. Me refiero a las exageradas expectativas que despertó la elección del presidente Barack Obama en casi toda América Latina, particularmente en Guatemala en lo que atañe a una nueva política migratoria norteamericana y a la asistencia económica.
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No faltaron los hiperoptimistas que llegaron a especular que tan pronto como el entonces candidato demócrata sustituyera al mal recordado presidente George W. Bush, terminarían las angustias de los guatemaltecos que residen ilegalmente en Estados Unidos y que la ayuda monetaria de Washington fluiría a raudales, especialmente en lo que respecta al combate a la narcoactividad.
Para decirlo con un refrán, sólo fue un alegrón de burro, porque no se vislumbra en el cercano horizonte que el gobierno del presidente Obama ordene que cesen las constantes deportaciones de cientos de guatemaltecos ni que se acreciente los recursos para detener o por lo menos aminorar el embate de los narcotraficantes.
A mediados de la presente semana, el vicepresidente Joe Biden, mostrando constantemente su amplia y fingida sonrisa, se reunió en San José de Costa Rica con los presidentes de Centroamérica, aunque los mandatarios de Honduras y Nicaragua tuvieron la sensatez de no asistir a un encuentro que se anticipaba frustrante, sino que enviaron sus representantes.
Involuntariamente me recordé del presidente ílvaro Colom al enterarme de que el vicepresidente Biden pidió paciencia a los mandatarios centroamericanos en torno al problema migratorio, puesto que fue preciso al decir que «En las deportaciones no habrá ninguna respuesta inmediata», lo que habría dejado patidifusos a sus anfitriones.
Por supuesto que si se observa objetivamente la reacción del vicepresidente Biden, no causa ninguna sorpresa y hasta llega a comprenderse la posición de Estados Unidos en el aspecto migratorio, porque, en primer lugar, los ojos y el pensamiento del presidente Obama están dedicados primordialmente a encarar el gravísimo problema económico de su país, y, luego, por más que se insista en que los gobiernos demócratas son más sensitivos hacia América Latina, sólo se trata de cuestiones de forma más que de fondo, de modo que los países latinoamericanos seguirán siendo el patio trasero de Washington, ahora con la excepción de México, pero no por un gesto de generosidad de la Casa Blanca, sino porque sus intereses y su seguridad están en riesgo, ante la acometida del narcotráfico en la vecina república, sobre todo en la frontera con Estados Unidos.
Además, al presidente Obama le preocupan más sus relaciones con Europa y otras naciones industrializadas, como Japón, China y Rusia, que estar perdiendo su tiempo en paisitos centroamericanos que poco o nada pueden contribuir a resolver la crisis financiera mundial.
DUELO Aunque no nos veíamos con frecuencia por trabajar en medios y áreas distintas, con Rolando Sántiz guardábamos leal amistad, de manera que me conmovió profundamente su trágico fallecimiento. El crimen cometido contra «El Gato» enluta a la familia del periodismo guatemalteco y es una muestra más del estado de indefensión que vivimos. Mis condolencias a su esposa e hijos, al colega Juan Carlos Langue, director de Telecentro 13, noticiario en el que el periodista asesinado prestaba sus servicios, y a mi amigo Eduardo Mendoza, con quien Sántiz compartió labores, parte de su vida. Â
Deseo fervientemente la recuperación del camarógrafo Juan Antonio de León Villatoro.