1968


Seamos realistas, exijamos lo imposible.

Graffiti en una de las paredes de Parí­s, en 1968

Ricardo Marroquí­n
rmarroquin@lahora.com.gt

Si bien es cierto que los hechos de 1968, protagonizados por estudiantes universitarios en diversas ciudades del mundo, son considerados como una revuelta sin mayores logros polí­ticos inmediatos, el impacto que tuvieron en el desarrollo de la cultura occidental es tal, que la palabra revolución es la más indicada para denominarlos.

La primera de las reivindicaciones de los estudiantes en Parí­s fue que se les permitiera tener acceso a los dormitorios de las mujeres en las universidades. El tema de fondo fue la incapacidad del sistema educativo superior para satisfacer las necesidades de la población estudiantil que iba en aumento.

El general Charles de Gaulle no tardó demasiado en reaccionar y pronto varias universidades, como la Sorbona, fueron rodeadas por la policí­a, con órdenes precisas de reprimir cualquier expresión de inconformidad. Los estudiantes fueron apoyados por los sindicatos y convocaron a una huelga general que movilizó a unas 200 mil personas.

Francia no fue el único escenario. En México, por ejemplo, el 2 de octubre, cientos de estudiantes universitarios fueron masacrados en la Plaza de Tlatelolco cuando manifestaban su descontento por las polí­ticas implementadas por el Gobierno y que no representaban ningún tipo de beneficio para la sociedad.

Del otro lado del océano, en Praga, otro grupo de jóvenes estudiantes se enfrentaron a los tanques militares de la Unión Soviética, en un claro pulso entre el comunismo extremadamente burocrático que se presentaba en Europa del Este y el socialismo con rostro humano al que le apostaban.

Mientras tanto, pese al levantamiento social por un nuevo orden económico y cultural, el Vaticano difundí­a la encí­clica con total vigencia en la actualidad, en donde se condena el uso de anticonceptivos.

La espontaneidad del estallido social de 1968 es un claro ejemplo de los resultados de polí­ticas que atienden los intereses de los grupos minoritarios en detrimento del bienestar de la mayorí­a. Esa misma ingenuidad del movimiento estudiantil fue, de acuerdo con analistas sociales, el fracaso de las acciones reportadas hace cuatro décadas, y hay quienes con demasiado atrevimiento tratan de minimizar los hechos, al presentarlos como una simple expresión sin ningún tipo de consecuencias.

Las repercusiones de 1968 son vigentes hasta nuestros dí­as. Sin embargo, la cultura del consumismo y de la competitividad nos ha sumergido nuevamente en el sistema del sálvese quien pueda, y la juventud, atiborrada por el contenido de la publicidad, no intenta dar marcha atrás. ¿Qué hace falta entonces para un nuevo estallido de los estudiantes universitarios si la situación de hoy es muy parecida a la vivida en 1968?