Q- Ha transcurrido el descanso de Semana Santa, y, como siempre, ocurrieron accidentes carreteros, con cauda de muertos y heridos, así como otros sucesos lamentables, incluyendo ahogados en playas y balnearios, algunos provocados por imprudencias o por el abuso en ingerir bebidas alcohólicas, fuera de asesinatos y homicidios, casi normal en este atribulado y violento país.
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Hoy se ha reiniciado el diario ajetreo de la población. Los mayores, para ganarse el salario honrado, y los chicos y adolescentes, para continuar formándose académicamente, a fin de enfrentar los desafíos de la vida, quizá con mejores oportunidades que las actuales generaciones.
El asueto sirvió para que nos desatendiéramos de nuestras obligaciones, responsabilidades y compromisos, de modo que mientras que miles de católicos, fieles observantes de las tradiciones propias de su fe, participaron en los cortejos procesionales; otros, de confesión evangélica, se dedicaron en sus templos u hogares a la meditación acerca del significado de la vida, pasión, muerte y gloriosa resurrección de Jesús, el Hijo de Dios; en tanto que miles de compatriotas viajaron a centros de recreación, justamente para divertirse.
Quizá en breves momentos se apartaron del jolgorio, para rememorar muy a la ligera el hondo significado del Nazareno que fue condenado a muerte, sin que, desde la perspectiva humana y de la legislación imperante en su época, hubiese sido sujeto a un procedimiento justo.
El aparato estatal está en marcha, con el dubitativo presidente Colom y el infatigable vicepresidente Espada a la cabeza, quien hace las delicias de los reporteros de la fuente, identificándose con las necesidades populares.
Q- Por causas que a estas alturas de mi vida no debo calificar, mis padres se separaron cuando yo era un pequeño niño. Mamá Limpa, mi amada maestra rural, hizo las veces de madre y padre, y, de esa cuenta, cuando alcancé la mayoría de edad opté por llevar legal y públicamente el apellido materno. Luego, me reconcilié con mi papá y estuve a su lado durante sus últimos años.
Comparto estas intimidades porque el pasado martes, en plena Semana Santa, murió repentina y dulcemente mi hermana Gloria Elizabeth Pérez Almengor, en Coatepeque. Un infarto al corazón le segó la vida cuando retornaba a su casa de un servicio cristiano. Sin tiempo de decirme adiós ni despedirse de nadie.
Costó que me localizaran, porque no había señal telefónica donde me encontraba; pero finalmente asistí al sepelio de mi querida hermana Betty, juntamente con mi mujer y dos de mis hijos. Hoy estoy intensamente triste, por la ausencia física de la Betty, pero confiado en la bíblica promesa de su inmediato despertar en el Señor y esperanzado de nuestro reencuentro cuando suene la trompeta de la resurrección postrera.