1 de octubre


Solí­a esperar el sonido de la olla de presión o el olor de frijoles recién cocidos para entrar corriendo a la casa, prender la tele y ver El Chavo. Las tareas ya estaban concluidas, habí­a optimizado mis habilidades motrices jugando liga y lo único pendiente era ese encuentro secreto con un cuaderno rosado que uní­a tapa y contratapa con un diminuto candado.

Claudia Navas Dangel
cnavasdangel@yahoo.es

La cena llevaba conversaciones de rutina, con algunas historias recicladas del almuerzo: lo tarde que llegó el bus ese dí­a, lo difí­cil que resultaban los quebrados o la tí­pica escena de reclamo por la espantosa refacción que habí­a encontrado en la lonchera esa mañana, no más bananos por favor que se ponen negros…

Las mañanas transcurrí­an entre sujetos, predicados, rí­os, volcanes y versí­culos de la Biblia, hasta que la campana que luego se transformó en timbre me transportaba al maravilloso espacio del matado, un juego sin pistolas ni evocaciones de notas periodí­sticas.

Encontrarme con mi hermano mayor en el bus era el momento en el que mi deseo de ser mayor se acrecentaba, por qué el podí­a ir atrás, por qué me ignoraba, conforme sus amigos descendí­an del viejo vehí­culo amarillo, su actitud cambiaba, hasta que ya casi llegando a nuestro destino se dignaba a mirarme e incluso me permití­a acompañarlo en ese último sillón privilegio de los grandes.

Los fines de semana  eran dí­as de primos, de jugar al Pelón, de tomar Coca Cola, de dormirse tarde o acampar en la cama de mis papás comiendo manzanas con limón o naranjas con pepita mientras mirábamos tele.

En los cumpleaños siempre habí­a pasteles, velitas y regalos, para navidad Santa Claus no nos engañaba, pero mi papá nos complací­a con lo requerido y merecido, además, como él decí­a.

Pitufina salí­a de mi cuarto todas las noches por si era diabólica, mi hermano menor era la mejor solución a mis miedos nocturnos, mi cabeza nada más dolí­a cuando mi mamá me peinaba y mi abuelo me transportaba cada tanto al circo o al zoológico.

El sueño era profundo y apacible, las madrugadas pese a la pereza me invitaban a ver a mis amigas y compartir secretos, la noche de brujas era un dí­a en el que la imaginación hací­a de la casa un taller de costura y maquillaje.

Reí­a, creí­a y esperaba. Aquel Dí­a del Niño curiosamente como hoy, la perinola me dijo: toma todo, y por eso me rí­o, creo y espero,  mientras mis manos se pierden entre fotografí­as en el carrusel, los caballitos de las Américas y Nicaragua.